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viernes, 29 de diciembre de 2006

LA ÚLTIMA DEL AÑO.

MIGUEL RIOS/M. GARCÍA - Insurrección. (M. García-Q. Portet). (2001).
Este cuaderno bien podría haberse llamado “Retales de mi vida” si en el momento de comenzarlo, la casualidad hubiera querido que escuchara esta canción en vez del disco de Coltrane que le ha dado nombre. Pero no.
Subo aquí la versión que hizo Miguel Ríos, acompañándola del vídeo de la pieza original a cargo de “El Último de la fila”.

Creo que los de Barcelona la interpretaban divertidos, impregnando la letra de un alegre despecho, como si quisieran dar la impresión de que no les importa demasiado una relación recientemente terminada. En cambio, el granadino lo hace más sosegado, con la tranquilidad de contemplar algo que ya ha pasado, convirtiendo quizá el carácter de reproche que se atisbaba en la versión original, en un “hacerse entender” de lo que sentía entonces. No se si me explico.
De todas formas, es curioso como con el tiempo la letra de una canción va cobrando sentido y ésta, que en su momento no me decía gran cosa, lleva lustros apareciendo en las emisoras de radio para evidenciarme, -¡verso a verso!-, su paralelismo con un periodo concreto de mi vida.

¿Dónde estabas entonces cuando tanto te necesité?
Nadie es mejor que nadie pero tú creíste vencer.
Si lloré ante tu puerta de nada sirvió.
Barras de bar, vertederos de amor...
Os enseñé mi trocito peor.
Retales de mi vida, fotos a contraluz.
Me siento hoy como un halcón
herido por las flechas de la incertidumbre.

Me corto el pelo una y otra vez.
Me quiero defender.
Dame mi alma y déjame en paz.
Quiero intentar no volver a caer.
Pequeñas tretas para continuar en la brecha.
Me siento hoy como un halcón
llamado a las filas de la insurrección.

lunes, 25 de diciembre de 2006

LA MÁQUINA DE COSER.

Desde pequeña, mi madre asumió responsabilidades que no le pertenecían haciendo que su carácter se forjara a golpe de sacrificios, decepciones y disgustos, tanto propios como ajenos.
De vez en cuando cuenta afligida la historia sobre una maquina de coser que pertenecía a su madre, mi abuela Maria Blasa, conocida en la familia como “Mamaía” desde que los nietos comenzaron a hacer uso de la palabra. Fue una costurera de carácter audaz cuya vida transcurrió paralela al siglo XX, nació en 1900.
“Como antiguamente el que no trabajaba se moría de hambre”, -sentencia mi madre-, mientras mi abuelo se mal ganaba la vida empleado en un molino de aceite, mi abuela se las ingeniaba para aportar algo de dinero confeccionando el escaso atuendo de sus vecinos. Con el tiempo, su trabajo fue tan apreciado que llegó a ser una de las modistas mas valoradas del pueblo, contando incluso entre su clientela a la mismísima Señora del Alcalde, -toda una eminencia en aquella época-. La demanda de costura crecía y mi abuela se veía obligada a coser hasta altas horas de la noche, así que su marido le compró, -no sin esfuerzo-, una máquina de coser para facilitarle la tarea. Se trataba de una “singer” con un precioso cuerpo de forja que, según mi madre, su manejo precisaba de un concienzudo adiestramiento y un considerable tiempo de práctica.
Mis abuelos vivían de alquiler y solo con su trabajo nunca habrían podido ahorrar suficiente dinero para acceder a una vivienda propia, así que cuando mi abuela supo que se vendía una casa por una razonable cantidad, hizo todo lo posible para adquirirla. No dudó en pedir ayuda a la distinguida Señora para la que trabajaba, que accedió prestarle las 6000 pesetas que necesitaba a cambio de que trabajara en exclusividad para ella, lo que implicaba además trasladar la máquina de coser a casa de la susodicha para que -de paso- sirviera de aval.
El trato se llevo a cabo, la ilustre clienta consiguió la distinción de disponer de una modista propia y mi abuela compró la casa donde vio crecer a sus cuatro hijos.
En plena posguerra, “Mamaía” era incapaz de rechazar las peticiones de sus paisanos para que les cosiera así que acabó pluriempleada trabajando por un lado en casa de la Señora para pagar su deuda y por otro “para la calle” por una escasa remuneración, casi siempre en especie. Esta situación llevo a mi madre a asumir, de manera tácita, todas las “obligaciones” que mi abuela no podía llevar a cabo. Aquellos tiempos requerían realizar un enorme esfuerzo para poder vivir humildemente.
Cuando mi abuela murió, mi madre quiso recuperar aquel artefacto tan lleno de significado para ella. Armándose de coraje fue a casa de la anciana Señora con el propósito de comprarle la máquina de coser de su madre. La Señora se mostró complaciente manifestando que no sería necesario comprarla puesto que la regalaría, pero argumentó que para evitar posibles disputas entre mi madre y mi tía, -herederas directas de la maquina de coser-, organizaría un sorteo para entregarla a quien saliera agraciada. La insistencia para hacerle entender que tales disputas no ocurrirían, no sirvió de nada, la aristócrata sentenció que ya les haría saber cuando sería la rifa, sin dar oportunidad a apelación alguna.
Nunca se recibió ningún aviso sobre la celebración de tan inútil sorteo. La señora cayó enferma y fue trasladada a Madrid donde acabó sus días sin referir a sus herederos su decisión respecto a la máquina de coser que dejó en la casa del pueblo.
La noticia de la muerte de aquella mujer tardó en conocerse y para cuando llegó a oídos de mi madre ya era demasiado tarde para recuperar la máquina. Al parecer una de las nueras de la alcaldesa la había vendido. Cuando mi madre volvió junto con mi tía a la vivienda de la Señora con el firme propósito de recuperar la máquina y se enteró de que ésta no estaba y que la persona que la había adquirido no la vendería por nada en el mundo, sintió tan grandísima pesadumbre que aún le acompaña.
Recuerda mi madre que en cierta ocasión la mujer que adquirió la máquina de coser abordó en la calle a mi tía para que le explicara el funcionamiento de aquel artefacto y ésta, -que heredó el lado más temperamental de la familia, en detrimento de mi madre-, expresó su impotencia exhortándole que se metiera la maquina por el… -eso mismo-.


Imagen: "Costurera" de Helene Schjerfbeck. 1903.

domingo, 17 de diciembre de 2006

CUENTO DE NAVIDAD.

En estas fechas, el formato de narración por excelencia es el cuento.
No faltan los almibarados concursos locales que premian el talento de los participantes con cestas rebosantes de frívolas viandas y no hay periódico serio, -que se precie de serlo-, que no encargue algún relato al elenco de escritores disponible en el momento. Esta última circunstancia es precisamente la que sirve de pretexto a Wayne Wang para relatarnos un hermoso cuento en su película “Smoke” a través de Auggie, uno de los personajes mas peculiares que por ella desfilan. Dejo aquí esta secuencia, a modo de postal, para felicitaros la navidad.
Que estas fiestas pensadas para acercar a la gente, -aparte de para consumir-, sean favorables para conseguirlo, -lo del acercamiento digo-.

Para poneros en antecedentes os diré que Paul, un escritor venido a menos, recibe del “New York Times” el encargo de escribir un cuento de navidad. Tiene que escribir algo en cuatro dias y no se le ocurre ninguna idea. Casualmente se lo hace saber a su amigo Auggie, dueño de un estanco, que le propone un trato: Si lo invita a comer, le contará el mejor cuento de navidad que jamás haya oido.
video

miércoles, 13 de diciembre de 2006

DOMINGO. (2002).

Apareciste saltando los muros de mis dudas
para regalarme tu domingo.
Con un roce conquistaste mi alma,
haciendo de ese único día, un día único.
Contigo entró la primavera en mi cama
-despertando mis sentidos con su luz- y
quedaron cegados los temores que impedían
apreciar la ternura del cielo de tu mirada.
Mirada complaciente con mi tardo corazón
que torpemente declaró con un beso
lo que a la palabra correspondía.

Imagen: Blue Eyes de Yi Wen Seow . Acrilico sobre tabla. 2006.

domingo, 10 de diciembre de 2006

NOCHE DE GATOS.

Una de las historias más desconcertantes de cuantas ocurrieron en la "Casa de los Monster" sucedió una noche de invierno mientras leía tranquilamente en la cama. Tras la puerta de mi dormitorio sonó un tímido golpeteo, seguido de una voz que reconocí como la de Juanma.
- ¿Manolo?,… ¿Estás durmiendo?
- ¿Sii?,… ¡Pasa!, -elevé la voz para contestar a la segunda pregunta-.
Cuando abrió la puerta le pregunté desde la cama que ocurría.
- Bueno, verás,…-parecía turbado-,…tengo un problema con la naturaleza.
- ¿Queé?, -pregunté intrigado-.
- Sube y lo ves.
No dijo más. Se giró y se encaminó hacia la escalera seguro de que le seguiría. Empleé poco tiempo para ponerme algo de ropa y cuando llegué a la primera planta donde estaba su habitación, lo encontré completamente abstraído yendo y viniendo de un cuarto a otro como si estuviera buscando algo, (quizá una solución).
- ¿Que pasa?, -pregunté al aire para advertirle de mi presencia-.
- Mira, ven. -dijo decidido invitándome a pasar a su cuarto-. Levanta la colcha. -señaló su cama-.
Yo no hacia más que preguntar que era lo que quería mostrarme pero él quiso que lo descubriera por mi mismo. Ante su insistencia y sin saber lo que me iba a encontrar, me atreví a hacer lo que me indicaba. Levanté la cobija de la cama y descubrí algo asombroso: una gata recién parida que se afanaba en asear a sus gatitos a lametazos. Al sentirse descubierta, escapó dejando a su prole en la cama del colega.
Perplejo por la sorpresa y el susto que me causó el descubrimiento, me sumergí por un momento en un mar de dudas acerca de cuando y como había llegado a hacer su cubil aquel animal en semejante sitio y que demonios podríamos hacer con ese percal. Miré al amigo para interrogarlo, pero debí de tardar demasiado en decidir que pregunta hacerle porque fue él quién se adelantó en pedir opinión.
- ¿Que hacemos? -preguntó implicándome de lleno en tan embarazoso asunto-.
- N...no sé. –titubeé entre los maullidos de cinco mininos-.
El tiempo que llevaba maquinando una solución parecía haber dado resultado:
- He pensado que podríamos coger la manta y llevarla a ese cuarto.
Se refería a la habitación del ala oeste donde se acumulaban la mayoría de los trastes de aquella ruinosa vivienda. Era una estancia inhabilitada al paso porque el techo, mitad derruido mitad apuntalado, amenazaba caerse en cualquier momento.
- No te preocupes, en cuanto vuelva la gata, se los llevará a un lugar seguro. -Dijo leyendo mi pensamiento que divagaba sobre la integridad de los gatitos en aquel lugar-. Coge de ahí. -ordenó diligente-.
Dicho y hecho. Con sumo cuidado para no molestar o herir a los recién nacidos, cogimos de las puntas la manta donde descansaban y los trasladamos a aquella destartalada habitación. Por si la madre tardaba en volver, arrugamos la manta para que no perdieran su calor y nos fuimos confiando en que la gata no los abandonaría.
Al día siguiente, cuando regresé a mediodía de “La Escuela”, encontré a Juanma metiendo la manta de los gatitos en la lavadora. Imaginé que habían sido trasladados por su madre a algún lugar mas seguro, pero no obstante pregunté por ellos más que nada por iniciar una conversación.
-Esta mañana ya no estaban,… ¡A esos, ya mismo los vemos deambulando por aquí!, -dijo campechanamente para restarle trascendencia al asunto-.
No se equivocaba. Al tiempo pudimos comprobar como de cuando en cuando, unos jóvenes y huidizos felinos se asomaban explorando el terreno por algún rincón de la casa. Una casa que desde aquella noche se llenó de vida. Aún más.

lunes, 4 de diciembre de 2006

BARBARIE VS. HONRADEZ.

Cuando acabamos la Educación General Básica, los de mi generación, todavía tuvimos que desplazarnos al pueblo vecino para continuar nuestros estudios. Comenzaba así nuestra formación en el Instituto. Éramos bachilleres.
El primero de los años de aquella etapa, transcurrió sin pena ni gloria. Eramos unos pipiolos que para más inri ocupábamos un edificio de aulas prefabricadas. Un autentico refugio de novatos situado en las afueras de la ciudad, cualidad que le sirvió para ser conocido como el “Liang Shan Po”, nombre del río protagonista de “La Frontera Azul”, una serie china de la época, a cuyas orillas acampaban los proscritos.
Transcurrido ese año iniciático, pasamos al edificio principal del centro con la categoría de veteranos. Para algunos, una carta blanca a la barbarie y el desenfreno..., A tan tierna edad, si llegamos a ser más brutos, no nacemos. Éramos toscos por condición, y como “Dios los cría y ellos se juntan”, formamos una grey que, aun sin cometer grandes tropelías, descubría el mundo a fuerza de rudeza y descaro.
Nos gustaba hacer el cafre, -a algunos mas que a otros-, para medir la autoridad de los profesores o escandalizar a las nenas. Pasábamos los días dándonos empujones y collejas los unos a los otros. Formábamos tales batallas de tizas, que más de una vez causó un ojo morado, y casi siempre, acababan con el castigo de comprar tizas nuevas por el incauto que pillara el profesor de turno. Sin pudor alguno, competíamos para ver quien pintaba el dibujo más obsceno en la pizarra o en que lugar más arriesgado dejábamos escrito nuestro nombre. Entre clase y clase, organizábamos ruidosos concursos de eructos y cuando algún profesor nos sorprendía, queríamos convencerlo de que estábamos comprobando el eco de los pasillos. Muchos jueves, unos cuantos de nosotros, hacíamos pellas, (“la rabona” en nuestra jerga), para escaparnos al mercadillo instalado en el otro extremo de la ciudad, teniendo que atravesar un pasaje que acabó conociéndose como el callejón del “akitescurrestesnucas”, gracias al comentario que exclamó Rodríguez, (tosco entre los toscos), cuando lo atravesamos por primera vez en un día de lluvia... En fin, que nuestro refinamiento brillaba por su ausencia.
En semejante atmósfera, algunos, digamos la mayoría, se mostraban incapaces de aparcar ese comportamiento, -siquiera momentáneamente-, cuando entrábamos a clase. La clase de filosofía, por ejemplo, se prestaba enormemente para mantener una actitud transgresora, pero aun así, pudimos aprender algo. Fue allí donde recibimos una gran lección sobre lo que significaba la justicia, simplemente por el hecho de que esa lección vino de uno de nosotros.
El profesor nos entregó corregidos unos exámenes que hicimos unos días antes y nos pidió que revisáramos la suma de la puntuación de las preguntas pues admitía que podía haberse equivocado. En efecto, la suma del examen de Mario, un chico discreto que acabó ejerciendo de veterinario, era errónea: en vez de sumar cinco-coma-uno, que significaba un aprobado, debía sumar cuatro-coma-nueve, un incuestionable suspenso. Dos décimas que, al margen de su trascendencia, (estar aprobado o no), incomodaron al muchacho.
Mario no dudó, pidió permiso para levantarse alzando su brazo. Con una señal fue invitado a acudir a la mesa del profesor. Cuando éste fue informado de la demasía en la evaluación, quiso hacer partícipe al grupo de lo que ocurría.
El satisfecho maestro comentó tan noble gesto a aquella horda y la reacción fue infame. Mientras Mario se dirigía a su pupitre fue recriminado por su honestidad. El rosario de insultos y reproches que recibió fue bochornoso. Se le tachó de gilipollas, marica y pelotillero, pero lo que más se le reprochó fue su ingenuidad.
- ¡Toooonto!. Enfatizaban por lo bajo los más cerriles.
Mario, muy dignamente, corrigió a aquella chusma:
- No soy tonto, soy honrado.
Algunos enmudecieron pero para otros fue la espoleta para endurecer sus insultos.
Por suerte la película acabó bien: El profesor premió su actitud reconociendo su aptitud.

sábado, 2 de diciembre de 2006

VENTANA SUR (I).

Los pájaros comienzan a despabilarse antes de inundar el cielo raso que promete el dia
Amanece en Úbeda y la luz se asoma poco a poco por el Este.

viernes, 1 de diciembre de 2006

LA INQUILINA.

Anita, -ahora Ana a instancia de Jose-, ha llegado a Úbeda y se ha instalado en un cuartito de la casa. Ha firmado un contrato en el Hospital que al parecer “va pa largo”. Atrás queda la incertidumbre de cuando y donde requerirán sus servicios, amén de su marido destinado en un pueblo de la sierra de Huelva.
Llega hecha un manojo de nervios. Le inquieta pensar que éste pueda ser el primero de más cambios y si será capaz para adaptarse a ellos. Perdida en un mar de dudas, le invade un enorme desasosiego al ver que su marido está allí y ella aquí. Le preocupa enormemente que esté bien. Parece olvidar que los días necesarios para adaptarse a esta nueva situación pasarán, ofreciendo una perspectiva mas amable de los acontecimientos.

Como voy a dedicar un tiempo al estudio, me pide que le recomiende un libro de mi biblioteca. -Le sugiero “Siddhartha” de Hermann Hesse-. Pasamos la tarde entre libros, sándalo, té y un poquito de jazz muy bajito. Más tranquila, la descubro sabedora de que aunque el futuro viene condicionado por el presente es ahí, -en el presente-, donde debemos mantener nuestra atención para poder acercarnos a comprender lo que ya ha ocurrido y crear las condiciones más convenientes para que lo que ha de venir nos resulte oportuno. Sabe que lo importante no es lo que ocurre sino la actitud que se adopta ante cualquier situación.
Este fin de semana se marcha al pueblo para encontrarse con su añorado marido. Con seguridad hablarán de planes de futuro y se recordarán que han de cuidarse a si mismos mientras el otro no esté cerca, pero lo mas importante es que se regodearán en su amor saneado por la distancia.
Imagen: La habitacion de Arles de Van Gogh. 1889. Óleo sobre lienzo (57 x 74 cm) . Museo de Orsay, Paris.

lunes, 27 de noviembre de 2006

MI CANCIÓN PARA TI.

JONI MITCHELL - Blue. (1971).

“Blue” no solo es una canción triste o nostálgica. Su tristeza es una tristeza donde puedes recrearte. Su música te lleva de la mano a tu propio interior e invade tus sentidos de una nostalgia sana, para nada nociva. Es una de esas canciones que te llena de fuerza para continuar, una apropiada banda sonora para el descanso del guerrero, un apoyo para tomar impulso, -como lo hacen los nadadores en la pared de la piscina-. La letra es otra cosa.
Aquí no solo os dejo la letra -pido disculpas por mi tan sui géneris traducción-, sino que además podéis ver a la propia Joni Mitchell explicar como se sentía en el momento que la creó.

Blue, songs are like tattoos /
Azul, las canciones son como tatuajes.
You know I've been to sea before /
Sabes que he estado antes en el mar.
Crown and anchor me /
Coróname y ánclame
Or let me sail away /
o déjame zarpar lejos.
Hey Blue, there is a song for you /
Eh azul, hay una canción para ti
Ink on a pin /
tinta en un alfiler
Underneath the skin /
debajo de la piel
An empty space to fill in /
un espacio vacío para rellenar
Well there're so many sinking now /
Bueno, hay tantos hundiendose ahora.
You've got to keep thinking /
Estás ensimismado pensando
You can make it thru these waves
que puedes sobrevivir a éstas olas.
Acid, booze, and ass /
ácido, priva y payasadas.
Needles, guns, and grass /
agujas, pistolas y hierba.
Lots of laughs, lots of laughs /
Muchas risas, muchas risas.
Everybody's saying that hell's the hippest way to go. /
Todos dicen que el infierno es el mejor camino.
Well I don't think so /
Bueno, yo no lo creo
But I'm gonna take a look around it though /
pero sin embargo tendré que echar una ojeada.
Blue, I love you. /
Azul, te quiero.

Blue, here is a shell for you ./
Azul, aquí hay una caracola para ti.
Inside you'll hear a sigh. /
Dentro oirás un suspiro.
A foggy lullaby. /
Una nana de niebla.
There is your song from me. /
Ésta es mi canción para ti.
video

sábado, 25 de noviembre de 2006

EL CHILENO.

Rolando era un chileno que recaló en el pueblo desde Granada. Allí conoció a nuestro concejal de cultura que le propuso ocuparse de dar clase de "gimnasia de mantenimiento" a un grupito de mujeres que se mostraban encantadas con tan exótico profesor.
No destacaba por su físico, era menudo y su cara estaba poblada por una barba rubia que junto a su acento, le daba una entidad particular. Era un hombre de mundo, exiliado en Alemania en los años setenta, acabó en España por “motivos personales”.
En estrecha relación con las artes, no pasó mucho tiempo cuando acabó creando, además, un grupo de teatro amateur de lo más vanguardista del que tuve la inmensa suerte de formar parte. Para haceros una idea os diré que se pasó de apostar por del folklore de los Hermanos Quintero, a hacerlo por el teatro independiente y experimental del mimo y la improvisación. Con paciencia y habilidad, Rolando se supo ganar, en general, a las gentes con las que trató y en particular, a ese grupo de adolescentes con la mayoría de edad recién estrenada, llegando a ser nuestro maestro, amigo y consejero.
Yo por aquel entonces, estaba desatinado con Radiolivo y me adueñaba de cualquier franja horaria que estuviera disponible para emitir. Me gustaba -enormemente- pinchar discos, y cuando eso no era posible, ideaba cuñas promocionales o me perdía en la lectura de los créditos de las carátulas para descubrir el estilo o la procedencia de este o aquel grupo.
Tarde o temprano la conexión de Rolando con la radio tenía que ocurrir y lo hizo de una manera discreta. La flexibilidad de la emisora permitió añadir una hora más a la programación, tiempo que ocupó Rolando para hacer lo que parecía un programa de viajes. Como yo era omnipresente, me pidió que eligiera la música y manejara los mandos mientras él se entendía con el micrófono. Acepté gustosísimo.
Las escasas noches que pasamos juntos, –solo fueron tres o cuatro programas antes de su marcha-, fueron fascinantes. Estaba encantado manipulando la mesa de mezclas, el Sancta Sanctorum de la emisora, mientras escuchaba a aquel hombrecillo hablar de lo que -comprendí- era su periplo personal por el mundo. Se servía de un manoseado cuadernito de cubierta verde para recordar los detalles de los lugares y situaciones que describía, lugares completamente desconocidos para mí.
Una de esas noches, -la última noche-, la narración versaba del lugar donde nació y creció. Habló ensimismado de un regreso que nunca sabré si fue real o imaginado. Habló de antiguos ferrocarriles y paradas para comer un tentempié dulce; de rostros femeninos que aparecían en los breves sueños que lograba conciliar con el traqueteo del tren y sobre todo, de los sugestivos paisajes de viñedos y lagos que el convoy iba dejando atrás, dando lugar a imaginar la magnifica riqueza natural de su país natal. Fue un programa repleto de instantáneas que recogían ancestrales costumbres de gente compartiendo risas y vino en familia. Hacia inventario de lugares y personas de épocas pasadas.
Al punto, cuando recordó a sus padres, hizo una pausa.
Me pilló fuera de juego, andaba tratando de encontrar la música más apropiada para acompañar el ambiente que aquel desmaquillado mimo había creado, cuando el silencio lo invadió todo. Dirigí la mirada hacia él para buscar la causa de ese silencio y encontré a un hombre completamente abatido. En esos interminables segundos que Rolando permaneció con el micro abierto, se pudo oír perfectamente un desgarrador sollozo que me estremeció el alma. Rápidamente me decidí por uno de los dos discos que tenia en las manos y lo pinché. No sabia que decir, así que, permanecí en silencio hasta que ocurriera algo, y ocurrió que, un minuto después, el chileno me pidió abrir el micro y continuó hablando como si nada hubiera pasado.
Después de esa noche, pregunté por él cuando dejé de verlo por los sitios que frecuentaba. Se había marchado.

lunes, 20 de noviembre de 2006

EL TEATRICO.

La primera vez que me acerqué al concepto de teatro fue de la mano de mi hermana. Contaría quizá con siete u ocho años, -ella tres más-, cuando casi sin darme cuenta, me vi envuelto en las costumbres lúdicas que compartía con sus amigas.
Les encantaba jugar al teatro. Ensayaban alguna obrita sacada de alguna revista juvenil y se servían de los hermanos menores para que les hiciéramos de público.

Durante un tiempo, estuvimos yendo cada tarde a casa de “la Beni”, la niña más alta y delgada de su pandilla. Íbamos provistos de nuestra merienda, una sillica bajo el brazo y la advertencia de que tuviéramos "cuidaico", con la que nos despedía mi madre. Una vez allí, las muchachas distribuían a la chiquillería en un sucinto patio de butacas, formado por las cuatro o cinco sillas de los que formábamos aquella agradecida clá.
La representación, donde casi siempre salía alguna enjoyada princesa, era breve. Las actrices empleaban la mayor parte del tiempo en atusarse el pelo, retocarse una y otra vez la vestimenta y emperifollarse con las alhajas y los potingues que sacaban de un desgastado neceser. Nosotros, los niños, representábamos nuestro papel esperando resignadamente hasta que nos asaltaba la impaciencia, entonces, gritábamos como posesos aquello de “¡Que empiece ya, que el público se va!”, lo que servía para conseguir que “la Beni”, nos prometiera algún caramelo a cambio de portarnos bien.
Su abuela era la dueña del Carrillo de la Esquina de Belén, -un kiosco estratégicamente colocado a la entrada del barrio, por aquel entonces famoso y hoy desaparecido-, por lo que sabíamos que cuando “la Beni” prometía un caramelo, las probabilidades de irse a casa con un dulce sabor en la boca eran grandes.
Una de esas tardes, un grupito de privilegiados conseguimos ver un espectáculo que superó con creces la función que acababa de tener lugar. Algunas amigas de la pandilla se marcharon pronto con sus hermanos así que, quedamos los justos para que “la Beni” accediera a enseñarnos donde guardaba su abuela el género del Kiosco.
La exclamación que se nos escapó cuando abrió un baúl repleto de toda clase de golosinas, hizo que “la Beni” se violentara:
-Callad, callad,… que nos puede oír mi abuela, -nos apremió en un susurro-.
Nuestra testaruda insistencia de que nos diera algo del baúl fue tan grande que a la pobre no le quedó más remedio que acceder.
Fue la última función que se representó en el corral de “la Beni”. La abuela se entero de la incursión que hicimos esa tarde en su baúl y cerró el teatro.
Imagen: Fotograma de "Los 400 golpes" de François Truffaut.

sábado, 18 de noviembre de 2006

MIRADA TURBADORA.

Poco tiempo llevaba trabajando en Huelma cuando quedé impactado con lo que me pareció un impresionante capricho de la naturaleza.
Regresaba de visitar a una familia cuando me detuve en una panadería, pensando en aprovisionarme de algo de pan. Saludé al entrar en aquel despacho lleno de gente que esperaba pacientemente a que les atendieran. Como llevaba los ojos saturados de la luz del sol, pedí la vez y me coloqué discretamente a un lado de la estancia para que se me acostumbrara la vista a aquella penumbra.
Una tras otra, una habilidosa dependienta fue despachando a todas las mujeres que esperaban, hasta que llegó mi turno.
- ¿Que quería? -dijo sin levantar la mirada del paquetito de pastas que le preparaba a la señora que me precedía.
- Una barra. –dije-.
Entonces,…. fue ahí donde quedé maravillado.
Al levantar la vista, la muchacha me mostró sus hipnóticos ojos claros. Unos ojos de color indescriptible, entre el gris y el azul, de los que destacaban sus pupilas que se clavaron en mi mirada como alfileres. Me invadió una sensación extraña, desconcertante, entre la admiración y el espanto. Era como si aquella mirada profundizara dentro de mí y fuera capaz de ver mucho más allá de lo que la vista ofrece. Aquellos desconcertantes ojos hablaban sin palabras de un mundo mágico, un mundo oculto a los demás que solo a ellos parecía mostrarse…
La sonrisa de la chica me rescató de mi embeleso.
Obviamente, regresé a la panadería, no tanto para comprar pan sino para disfrutar, -siempre desde la discreción-, de aquel espectacular hallazgo. Volví en varias ocasiones a ver a la muchacha hasta que me acostumbré a su turbadora mirada.

domingo, 12 de noviembre de 2006

VERANILLO DEL MEMBRILLO

Hoy, como ayer en el que se celebraba el día de San Martín, ha sido un día muy soleado, con una temperatura, tan agradable, que invitaba a salir y confundirse con la gente que se echa a la calle para pasear, aprovechando esta deferencia del clima. Es el “Veranillo del membrillo”.
Una amable brisa, la tibieza del sol en la cara y el bullicio de la gente me han evocado el ambiente de la playa, -real y literario-, del que fui testigo el verano de hace un par de años cuando pasé unos días en casa de Mila, en Marbella.
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Aquel verano la lectura en la playa de "Muerte en Venecia" de Thomas Mann, fue algo mágico. Recorrí aquel breve relato sumido en un estado de expectación, imaginando y buscando entre sus páginas y la gente de la playa, la enigmática belleza de Tadzio mientras trataba de que mi curiosidad no me llevara a la indiscreción; acompañando al protagonista en su inquietante viaje por Venecia, viendo como se apagaba de apoco, inmerso en la búsqueda de un ideal inalcanzable.
Cuando regrese a Úbeda me afané en conseguir la película de Visconti. Aunque quizá la hubiera visto antes, estaba seguro de que una segunda lectura del film sería la ilustración perfecta al relato que acababa de leer.
Hoy este veranillo de San Martín se ha hermanado con aquel verano. Los recortes de las distendidas, frívolas e ingenuas conversaciones de la gente, los agudos chillidos de los niños en el jolgorio del juego, los pregones de los vendedores, –hoy aullados por la megafonía de los coches-,… el ambiente perfecto para reparar en la belleza, -por muy efímera que pueda ser-, de cuanto nos rodea.

viernes, 10 de noviembre de 2006

VENTANA OESTE (II).

Es el momento en el que la tarde da el relevo a la noche.
El sol se despide pintando una nube de amarillo.

jueves, 9 de noviembre de 2006

EL ABRAZO.

Recientemente, en un curso sobre el abordaje de situaciones conflictivas en el ámbito familiar, tuvimos la oportunidad de ver el poder didáctico -y terapéutico- que puede tener la Metáfora .
Analizamos, mediante casos, la actitud más idónea para enfrentarse a los problemas.
En un momento dado, el ponente nos invitó a pensar que es lo que hace un boxeador para evitar que un contrincante más fuerte que él, le aplaste.
-Id pensándolo y lo comentamos después de ver el caso de Ángel, -dijo-.

Estudiamos el caso de un adolescente anoréxico que aprendió a vivir con su problema carteándose con él. Para eso, tuvo que buscarle un nombre. Le llamó “Sra. Obsesión”. En sus cartas se apreciaba como cuando se enfrentaba a la Sra. Obsesión, sufría y se debilitaba. En otras la consideraba amiga y le reconocía su labor de “cuidadora” por mantenerlo con el físico con el que le gustaba verse. Cuando en una misiva reconocía que se sentía desfallecido y que nunca podría someter a su obsesión, se le propuso firmar un “tratado de convivencia” en el que Ángel permitía a su -ya- amiga “visitarlo”, pero solo cuando él quisiera y durante el tiempo que él estimara. A partir de ahí en sus cartas se veía mas relajado y parecía haber encontrado una manera de relacionarse positivamente con su problema.
-Bueno,… -nuestro ponente volvió al símil del boxeo-, ¿Qué es lo que puede hacer el púgil para que su adversario no le machaque?
-“¡Cubrirse con los brazos!”,…
-“¡Huir!”,…
-“¡Pegarle una patada en los bajos!”,…
-“¡Morderle!”,…
-“¡Tirar la toalla!”,…
Ninguna respuesta era válida. Después de un rato vomitando sugerencias tratando de dar con la respuesta, conocimos la buena:
-Abrazarlo. La única manera para que el contrincante deje de golpear es abrazarlo.
Para que los problemas no nos machaquen hay que abrazarlos.

domingo, 5 de noviembre de 2006

MEDIO HUEVO.

Como la inmensa mayoría de los niños nacidos, criados y educados bajo el yugo de las costumbres y creencias del pueblo, sufrí de pequeño el acoso constante de mi madre para que comiera.
Nuestras madres nos atiborraban sujetas a la creencia de que un niño que comía era un niño sano, así que cuando estabas inapetente, se pasaban el tiempo esgrimiendo referencias constantes a la penuria que pasaron en la guerra o lo que ese día había merendado el tragaldabas de tu amigo.
- ¡Medio pan con aceite y tomate!, -decía mi madre sin salir de su asombro-, lo que hacía que tu medio bollo con “Tulicrém” pareciera, como poco, un pecado.
Mi madre ponía un celo rayano a la obsesión para conseguir que comiera lo que ella consideraba que tenía que comer y en la cantidad que estimaba conveniente, por lo que constantemente andaba ofreciéndome comida, -que obviamente siempre rechazaba-, o recordándome lo que íbamos a comer para que me “aplicara al cuento”.
Siempre que en la merienda estabas “desganado” y en la cena aún dabas muestras de no querer comer, mi madre me ofrecía un huevo pasado por agua. Nunca me gustó, pero si accedía a comerlo era porque, ritualmente, me lo daba ella misma acompañándolo de una insulsa historia sin aparente moraleja, que a esa edad me encantaba oír.
Era la historia de “mediogüevo”:
Érase una vez una señora que llegó a un humilde barrio de un recóndito pueblecito debido a que su marido, un hombre ejemplar -¡y con trabajo!-, acaba de ser destinado allí. Era un matrimonio bien avenido y discreto que afrontaron el cambio con ilusión y desde el principio se esforzaron en integrarse en el vecindario cuanto antes.
Mientras el marido iba al trabajo, la señora se dedicaba a las labores de la casa. Al llevar poco tiempo allí, procuraba ser amable con todo el mundo. Cuando barría y regaba su puerta, -algo natural por estos lares-, saludaba cortésmente a cualquier bicho viviente que pasara por allí. Cuando salía a los recados iba repartiendo “buenos días” por doquier y en el mercado, dilataba las paradas en los puestos para darse a conocer.
Un buen día le ocurrió algo que le desconcertó. Andaba enfrascada limpiando los cristales de su ventana y no se percató de que por la acera de enfrente pasaba una de sus vecinas, una octogenaria pizpireta de ojos juntos y sonrisa fácil que desde la distancia le llamó la atención:
-Adiós “mediogüevo” –dijo en tono jocoso.
Como la mujer no se daba por aludida, la vecina volvió a proferir el misterioso saludo:
-Adiós “mediogüevo”.
La mujer esbozó una media sonrisa sin comprender por que aquella anciana se dirigía a ella de esa manera. No recordaba haber ofendido a nadie para que le dedicara aquello que a ella le parecía un insulto.
Cuando en la cena le comentó el incidente a su marido, éste le restó importancia sugiriendo que podía tratarse de algún error.
Al día siguiente, cuando regresaba del mercado, la mujer se cruzó con la anciana que volvió a repetir el extraño agasajo:
-Adiós “mediogüevo”.
No se lo podía creer, estaba claro que no se trataba de ninguna equivocación, aquella vieja tenia claro a quien se dirigía.
La mujer otra vez se lo comentó a su marido y de nuevo éste restó importancia apelando a su edad.
Pasaron los días y uno tras otro, se volvía a repetir el incidente. La mujer, cada vez más afectada, se lamentaba ante su marido cada noche pidiéndole entre sollozos que hiciera algo para arreglar aquella amarga situación. Viendo a su mujer tan afligida, le prometió que arreglaría el asunto hablando con aquella fastidiosa vecina.
Decidido, una mañana retrasó su marcha al trabajo para visitar a la vieja. Cuando ésta abrió respondiendo a los contundentes golpes que sonaban en la puerta de su casa, se encontró al vecino que airado buscaba una respuesta:
- Oiga usted, ¿Se puede saber por qué se dirige a mi mujer, llamándola “mediogüevo”?
Entre risas la octogenaria le contestó:
- ¡Anda este!,.. ¡Pues porque se llama Clara!

Ha llovido mucho desde que no he vuelto a escuchar esta simplona historia de boca de mi madre, los mismos que desde que no como huevos pasados por agua. Ahora, no solo no como huevos sino que, desde hace un par de años, he adoptado una alimentación vegana, cosa a la que mi madre se ha adaptado perfectamente. Ya no me ofrece comida sino que constantemente anda recordándome aquello que comía antes.

Imagen: Madre e hijo (saltimbanquis) de Picasso. París, 1905 Óleo en lienzo, 90 x71.

lunes, 30 de octubre de 2006

EL INTERMITENTE.

En uno de estos últimos días, al salir de un aparcamiento, -nosenquestabapensando-, rompí el piloto de un coche situado justamente delante del mío.
Un “crack” me avisó de que algo no iba bien. Bajé la ventanilla, saque la cabeza por ella y allí pude ver, roto, el intermitente del Ford-Orion vecino.
El crujido hizo mirar a la empleada de “Unicaja”, -la misma a la que pago cada mes la factura del teléfono-, que se afanaba en disfrutar un urgente cigarrillo matutino en la puerta de la sucursal.
Me miró, la miré y el ruido debió sonarle a problemas porque, de un capirotazo, se deshizo del pitillo y desapareció discretamente dentro de la Caja, renunciando a ser testigo de más.

Inconscientemente, mi mirada buscó algún otro espectador o quizá al mismo dueño del vehículo. Cuando ya pensaba que tendría que usar un “post-it” para dejar mi número de teléfono en el parabrisas del Ford, algo me hizo mirar hacia arriba para descubrir a una señora que desde su balcón contemplaba la escena.
- ¿Sabe de quien es el coche?, -interrogué a la señora de la atalaya-.
- No se. –dijo-. Pregunte usted en la tienda de la esquina.
Si sabía. El señor que regentaba el negocio era la persona que buscaba. Un señor mayor que le costó salir de detrás del mostrador creyendo -quizá- que iba a venderle algo. Cuando le dije lo que había pasado, se le escapo un “valla por dios” de contrariedad.
Le pedí disculpas y me ofrecí a pagar el desperfecto que había causado en su coche. Como el daño era menor, le pareció bien solucionar el asunto al margen del seguro. Le di mi número de teléfono y quedamos en que me llamaría cuando le arreglaran el piloto para decirme cuanto le había costado. Luego me pasaría por su tienda para pagárselo.
Sería cerca de las dos de la tarde cuando sonó mi móvil.
- ¿Hola?,….soy Juan,… quedamos esta mañana que te llamaría…-dijo una voz detrás del hilo telefónico-.
- Si,… si,… diga. –conteste reconociendo al dueño del Ford-.
- Ya esta. Acabo de venir del taller y ya está listo.
- Estupendo…. ¿Cuanto le ha costado el arreglo?. –pregunté yendo directamente al meollo-.
- Cincuenta euros.
- ¡Cincuenta!, -exclamé traicionado por mi subconsciente que esperaba que fuera mas barato-,…bien,.. vale,… -continué tratando de reponerme del susto-,…me paso el martes por su tienda, me muestra la factura y le pago, -dije a sabiendas de que podría estar redondeando el precio-.
- Bueno,…-titubeó el tendero- es que me lo ha arreglado un primo mío y no me ha hecho factura,… pero usted quiere,… remoloneó para terminar la frase.
- No, no se preocupe,… -me apresuré a decir-, confío en usted.
No despedimos quedando para el martes de la siguiente semana.
El día señalado llegue a la tienda. Juan se apresuró a salir a mi encuentro. Parecía traer consigo un papelito en la mano. Yo por mi parte metí diligentemente la mano en mi bolsillo para sacar los 50 euros.
- Oye mira, que al final son 40 € -se apresuró a decirme-. Es que una vez en el taller, como ahora viene el frío, aproveché para echarle anticongelante y claro al preguntar cuanto era, me dijeron 50, pero hay que restarle lo que yo hice por muy cuenta.
- Ah,…muy bien. –dije sorprendido, alegrándome a la vez de que hubiera “hecho memoria”-.
Terminada la operación, nos dimos las gracias mutuamente y no despedimos amigablemente con un apretón de manos.
He de decir que los días que pasaron desde la llamada telefónica al pago de la deuda, se me pasó por la cabeza que fui estúpido al buscar al dueño del coche para pagarle los desperfectos, cuando era evidente que quería aprovecharse de la situación. ¡Además mi coche está lleno de abolladuras precisamente de gente que nunca dió la cara!
Pero bueno, ahora me tranquiliza pensar que mi acción sirvió para que Juan aprovechara la oportunidad para hacer lo correcto. Me alegro por él. Me alegro por los dos.

domingo, 29 de octubre de 2006

SIGO AQUÍ.

Es cierto, llevo un tiempo sin escribir. Sigo aquí, solo que con mi constante lucha interna. El eterno debate entre lo que me gustaría hacer, (la mayoría de las veces solo querría respirar) y lo que debo hacer para que este proceloso mundo me consienta hacer lo que quiero.
Vamos, que de momento estoy ocupado con las oposiciones y probablemente las entradas serán menos, pero no obstante, intentaré no distanciarlas demasiado en el tiempo, aunque sea subiendo “posts de continuidad”.
Pronto os dejaré otra historia. Gracias mil, por estar ahí.
Os dejo la prueba gráfica de mi -ultimamente vaga- existencia.

jueves, 19 de octubre de 2006

VENTANA OESTE (I).

En el cielo encapotado brilla la luz de la esperanza.

domingo, 8 de octubre de 2006

CON EL TIEMPO

ABBEY LINCONL - Avec le temps. (Léo Ferré). (1994).

Existen algunas versiones de esta canción llenas de dramatismo como la de la madrileña Paloma Berganza o el propio Léo Ferré. De las que conozco, me he inclinado a subir ésta de una de mis cantantes preferidas, Abbey Lincoln, a la que conocí gracias a la genorosidad de Jesús para que conociera el mundo de Jazz. Creo que esta versión atenúa un poquito la terrible verdad que encierra. Aqui puedes leer su letra traducida.

Avec le temps /
Con el tiempo…
Avec le temps, va, tout s'en va /
Con el tiempo, si, todo se va.
On oublie le visage et l'on oublie la voix /
Se olvida el rostro, se olvida la voz.
Le cœur, quand ça bat plus, c'est pas la peine d'aller /
Si el corazón no palpita, no vale la pena
Chercher plus loin, faut laisser faire et c'est très bien /
buscar más allá, mejor dejarse llevar, ya basta.

Avec le temps /
Con el tiempo…
Avec le temps, va, tout s'en va /
Con el tiempo, si, todo se va.
L'autre qu'on adorait, qu'on cherchait sous la pluie /
Quien adorabas, quien buscabas bajo la lluvia,
L'autre qu'on devinait au détour d'un regard /
Quien intuías con una sola ojeada,
Entre les mots, entre les lignes et sous le fard /
entre las palabras, entre las líneas otras el disfraz
D'un serment maquillé qui s'en va faire sa nuit /
de una promesa maquillada que sale a ganarse la noche.
Avec le temps tout s'évanouit /
Con el tiempo todo se desvanece.

Avec le temps /
Con el tiempo…
Avec le temps, va, tout s'en va /
Con el tiempo, si, todo se va.
Même les plus chouettes souvenirs ça t'as une de ces gueules /
Hasta los más entrañables recuerdos tienen pinta ridícula.
A la galerie je farfouille dans les rayons de la mort /
En los bazares, rebusco en los en los estantes de la muerte,
Le samedi soir quand la tendresse s'en va tout' seule /
el sábado por la noche, cuando la ternura se nos escapa.

Avec le temps /
Con el tiempo…
Avec le temps, va, tout s'en va /
Con el tiempo, si, todo se va.
L'autre à qui l'on croyait pour un rhume, pour un rien /
En quien creías sin saber porque, por nada,
L'autre à qui l'on donnait du vent et des bijoux /
a quien regalabas joyas y alientos,
Pour qui l'on eût vendu son âme pour quelques sous /
por quien hubieras vendido el alma por unas monedas,
Devant quoi l'on se traînait comme traînent les chiens /
ante quien te arrastrabas como se arrastran los perros.
Avec le temps, va, tout va bien. /
Con el tiempo, si, todo va bien.

Avec le temps /
Con el tiempo…
Avec le temps, va, tout s'en va /
Con el tiempo, si, todo se va.
On oublie les passions et l'on oublie les voix /
Se olvidan las pasiones, se olvidan las voces
Qui vous disaient tout bas les mots des pauvres gens /
que nos murmuraban palabras de gentes sencillas,
Ne rentre pas trop tard et ne prends pas froid /
no vuelvas muy tarde, no cojas frío.

Avec le temps /
Con el tiempo…
Avec le temps, va, tout s'en va /
Con el tiempo, si, todo se va.
Et l'on se sent blanchi comme un cheval fourbu /
Y te sientes encanecido como un caballo exhausto,
Et l'on se sent glacé dans un lit de hasard /
y te sientes gélido en una cama azarosa,
Et l'on se sent tout seul peut-être mais peinard /
y te sientes muy solo, si, pero a tus anchas,
Et l'on se sent floué par les années perdues /
y te sientes estafado, por los años perdidos.
Alors, vraiment /
Entonces, talmente,
Avec le temps on n'aime plus. /
con el tiempo has dejado de amar.

lunes, 2 de octubre de 2006

SILENCIO. (2000).

Mientras nos pesen las palabras,
-como losas-, a la hora de pronunciarlas,
confinaremos en la nada,
la inmensidad de todo lo que significan.
Camino abierto a nuestro universo interno.
La palabra.
El gesto infinitamente elaborado
que nos hace presos de nosotros mismos;
que nos traiciona,
asestándonos golpes en el entendimiento
cuando se nos dispara la lengua
o se nos encasquilla el alma;
que nos descubre el sentido de la vida
en su brevedad, en su rutina, en su eco,
en su hallazgo, en su ausencia,…
El gesto que nos costará la vida dominar
y que acaba dominándonos,
sometiéndonos a la terrible condena
de su eterna búsqueda.
El gesto que, pronunciado o no,
de la misma manera, acaba con nosotros.

viernes, 29 de septiembre de 2006

OPTALIDON.

Mi tendencia al despiste me acompaña desde pequeño. Recuerdo la facilidad con que me ensimismaba en los detalles de cualquier hallazgo y como sumaba horas y horas acomodado en los peldaños inferiores de la escalera de mi casa, absorto en cualquier faena que me sedujera.
En aquel verano, -en realidad durante casi toda mi niñez-, era fácil encontrarme sentado en el ultimo escalón, girado hacia el peldaño superior que usaba a modo de mesa, entretenido con cualquier cosa: manipulando hojas de papel que luego eran avioncitos; contando y amontonando los piñones que mi padre nos traía de “la corta”; releyendo minuciosamente los tebeos que en la Navidad pasada había traído mi prima como regalo de reyes; recolocando, -para la inminente batalla-, a mis rígidos indios de plástico entre las fichas de un dominó de madera mordisqueado por una perra pachona que tuvimos un tiempo atrás, que se llamaba “Si” y que no hacía mucho, murió envenenada por una vecina molesta de que se meara en el rellano de su casa,…
Eran tardes de calor; de transistor y costura; de camastros; de abanicos, de tulicrém y olor a café.
Andaba yo aquella tarde jugueteando con las hebras de hilo y un indio sin peana que me servía como el perfecto tarzán, aprovechando que mi madre cosía en la “sillica-baja”, con los pies en el escalón que me servia de asiento, mientras en nuestro viejo magnetofón (“sanllo”, leía), sonaba “Simplemente María” o “El consultorio de Elena Francis”.
Llevaba un tiempo diciendo que le dolía la cabeza y que cuando abriera el kiosco Catalina, -“la viuda” para mi padre-, le iría por una “Optalidon”, una autentica anfetamina que utilizaban, junto con el café, las amas de casa para hacer frente a todas las obligaciones que les eran propias, y que se vendía de estraperlo en kioscos, ya que era negocio asegurar a las marujas su dosis diaria.
En el momento en el que andaba enfrascado, trenzando otra colorida liana para mi tarzán, mi madre me recordó por enésima vez que había llegado la hora de que le hiciera el recado, con un sucinto “anda”. Quise remolonear un rato más con las dos pesetas destinada a la pastilla, -las perfectas esfinges para coronar mi castillo de fichas de dominó-, antes de dirigirme al kiosco. Atrás quedaba mi madre en el patio ocupada en cualquier otra farragosa tarea.
Al llegar a la tienducha de no más de dos metros cuadrados, me encontré con un representante que a golpe de catálogo reclamaba la atención de la tendera, la omnipresente e indiscreta vecina de ésta y una impaciente señora, de conversación frenética y risa estridente, que, acompañada de sus dos relamidas hijas, no veía el momento de mostrar orgullosa la manteleria de ganchillo, que al parecer había terminado hacía poco; amén de la marabunta de excitados chiquillos que todas las tardes esperaban ansiosos la apertura de la tienda para comprar los pertinentes polos flax o alguna otra golosina saturada de azúcar.
Todo apuntaba que había para rato, así que, con disimulo, me abrí hueco por aquel cuchitril hasta un rincón de la corrida vitrina, que hacia de mostrador, en cuyo interior la viuda atesoraba un sin fin de inasequibles y disparatadas bagatelas, así como la totalidad de las chucherías mas caras. Un lugar privilegiado para entretenerse mientras esperabas.
Completamente enajenado, casi con la nariz pegada en aquella manoseada vitrina, imaginaba la potra del hijo de la enlutada, -de haberlo tenido- y que compraría primero de haber tenido cinco duros. El tiempo pasaba y mi mente viajaba a través de aquel mostrador otorgando vida a todas aquellos tesoros que allí se exponían. No se cuanto tiempo pasó mientras permanecí ajeno a la actividad que giraba a mi alrededor, envuelto en los reflejos y sombras del trasiego de la gente, de los dulces aromas de los envases destapados, de la risas y las voces protocolarias de los niños (Cuanto vale esto?... Dos “desto”, tres palotes,... y esto?,... un chicle cheiw y cuatro “desto”,...y caramelos masticables…), el caso es que, después de un largo rato abandonado en los brazos de Morfeo, volví a la vigilia gracias al manotazo que hizo rodar
por toda la vitrina las pesetas que sostenía en mi mano.
-¡Manué, niñooo, que testoy hablando!,... ¡¿que qué quieeres?!. Me apremió familiarmente la viuda. Las emperifolladas niñas sonreían maliciosamente mientras la tendera y la señora de los manteles parecían no dar crédito a mi capacidad de abstracción. Eran las únicas que quedaban en la tienda y al parecer, era mi turno.
Despertado tan bruscamente, no sabía ni donde estaba y mucho menos que hacía allí. Las cuatro féminas me miraban expectantes, asi que, sin saber que decir, solo acerté a señalar lo que estaba mirando en el momento del zarpazo: Un pliego de cromos.
-¿Cromos?,… ¡Dos pesetas!, -Sentenció diligentemente la tendera mientras recogía las monedas que momentos antes había desparramado en el mostrador, (También fue puntería), dando así por finalizada la transacción.
Abandoné la tienda confundido pero ilusionado.
Cuando mi madre me encontró en la escalera tratando de girar sobre si mismos mis recién estrenados cromos a base de manotadas, me pregunto por el Optalidon, sospechando de mi nuevo entretenimiento.
-¡Adiooooo!.., aullé llevándome la mano a la cabeza calcando el gesto de aquel niño que en la tele se olvidaba los donuts.
Supongo que mi espontánea y sincera respuesta conmovió a mi madre, -eso o que la pobre ya no podía con su alma aquella tarde-, porque cuando ya pensaba en el castigo que vendría, sacó de nuevo dos pesetas de su monedero y me volvió a mandar a al tienda.
Esta vez, por suerte, no había nadie con la viuda.

sábado, 23 de septiembre de 2006

AVATARES

Es curioso como hacemos depender nuestra felicidad de los avatares de la vida.

Esta semana, como dice mi compañera en Cambil, “ha sido infernal”.
Una semana frenética donde no he andado muy fino, quizá demasiado afectado por las eventualidades que han salido al paso: dificultades en el trabajo, asistencia a jornadas, estudio de un farragoso tema para la academia, gastos imprevistos, situaciones inesperadas,… y bueno, mi amiga la Abubilla no ha aparecido para serenarme.
Pero todo pasa y ayer, casi sin esperarlo, comenzaron a resolverse las contingencias que me han tenido inquieto y crispado durante estos días.
Para empezar por la mañana conseguí dar con la tecla para que el calentador no siguiera dando el agua fría; luego, gracias al diálogo, se resolvió un escabroso asunto laboral que me atenazaba desde el lunes; pude conseguir un código que me pedía la radio del coche después de cambiarle la batería, dando fin a los viajes monótonos; logré recoger yo mismo un pedido de libros que esperaba desde hacia dos semanas, y gracias a que adelanté el trabajo que por la tarde iba a realizar en la academia, no solo pude comer, -gracias también a Juanma y su arroz con menestra-, sino que salí airoso en la lectura del tema que tocaba de estas fastidiosas oposiciones.
Al final del día pude relajarme y contemplar que si no hubiera ido tan acelerado, la semana habría acabado igual de bien.
Bueno, a ver que es lo siguiente, que aquí estoy.
Imagen: El Alavés baja a Segunda División.

miércoles, 20 de septiembre de 2006

LA TITA CHÉ. (2003).

Soy ché.
Soy y aquí estoy.
Soy trapera. Soy "la tita".
Soy viajera, "asistenta" y fontanera.
Soy "La Chana" ciclista.
Por mujer, soy la luna.
Soy pollo y seta, y vino soy.
Y soy un sinfín de cosas chicas.
Soy Granada y aceituna.
Soy mi huerto y mi Juanita.
Soy lo que he vivido y vivo lo que soy.

viernes, 15 de septiembre de 2006

LA CASA DE LOS MONSTER.

Mi situación de becario no iba a sacarme de pobre pero, para mi, era más que suficiente tener asegurados la manutención y el alojamiento.
Ese año se presentaba prometedor, teóricamente podía dedicarme a estudiar durante el día a cambio de permanecer, -con una compañera igual de novata que yo-, al cuidado de un grupo de 17 niños en horario de 10 de la noche a 8 de la mañana.
Apenas habían pasado cinco meses cuando ocurrió que el educador asignado a la residencia tornó su trayectoria profesional hacia educación y dejó su puesto vacante. Se me propuso para sustituirlo por lo que, sin esperarlo, a comienzos de 1991 firmé mi primer contrato como educador.
Podía imaginar que mi vida a partir de entonces sería distinta, ya no solo por las mejoras en las condiciones laborales, sino porque el cambio de horario me obligaba a dormir fuera de la residencia.
Busqué con premura alguna habitación para alquilar y gracias a Juanma pasé a formar parte de la fauna y flora de la “Casa de los Monster”.
La casa en cuestión, debía su nombre tanto a sus peculiaridades como a la gente que la habitaba. Con dos plantas, se ubicaba en un rancio barrio de la capital. Sus carencias eran más que considerables, no solo por ser fría y húmeda, sino por que algunas estancias eran completamente impracticables por encontrarse semiderruidas. La habitación que ocupaba mientras estuve allí, por ejemplo, estaba adornada con grandes planos de casas, toda alrededor, a modo de friso, más que por sentido estético, -que también-, era la original solución que encontró algún antiguo e imaginativo inquilino a la humedad verdosa que rezumaba de las paredes. Me asombro aún de la valentía del dueño por alquilar, -y la nuestra por ocupar-, semejante ruina.
Pero lo realmente llamativo de la casa era la gente que, accidentalmente o no, la habitaba: un heterogéneo e intermitente grupo de personas con sus propias costumbres, creencias y bagaje personal. Por allí desfilaban estudiantes, un bibliotecario, un guarda jurado, dos chicas que trabajaban en consumo, Juanma, -con todo lo que implica ese nombre-, el que os escribe… y mucha gente de paso. Casi todos estábamos allí temporalmente y no siempre coincidíamos, así que solo teníamos en cuenta una cosa: “vive y deja vivir”. Con tal panorama no es extraño que la vecindad nos viera como la mencionada familia televisiva.
En cierta ocasión arribó a la casa un extraviado estudiante de peritos. Era un tipo joven, pero tenía ese halo de viejo que acompaña al recién llegado del pueblo. Aún llevando algunos días todavía parecía algo confundido en cuanto a las diversas costumbres y excentricidades de cada uno de aquellos singulares habitantes.
En la -siempre sucia- cocina, existía un cacillo rojo que nunca se fregaba. Era “el-cacillo-del-té”. Un cazo con un deslustrado viso de años que su orgulloso dueño atesoraba como una de sus posesiones más preciada. Defendía la teoría de que manteniéndolo así, el té sabía mejor. Aseguraba que fregarlo sería un crimen, que sería como quitarle la magia, que perdería su solera. El cacharro era omnipresente, lo podías encontrar en cualquier sitio, sobre la hornilla forrada de papel Albal, cerca del fregadero junto a los platos sucios, en la mesa saturada de cosas, incluso, encima del frigorífico, siempre repleto de húmedas hierbas o sometido a algún somero enjuaguete. Pero, una cosa estaba clara, a nadie se le ocurría fregarlo, bien por respeto a la extravagancia de su dueño o simplemente por que a todos nos importaba una mierda que aquel cacharro estuviera o no limpio ya que solo su dueño bebía de él.
Tras una ajetreada mañana, llegué a la casa y me encontré con una escena inhabitual, el dueño del cazo, no tenia la locuacidad de costumbre, parecía taciturno y permanecía en silencio en el salón.
-“¿Que tal?” - pregunté al circunspecto amigo, tratando de romper aquel ambiente de gravedad.
Un gruñido fue su respuesta.
Sin dar importancia a su tosca contestación pasé a la cocina, lindante al salón, para tratar de aviarme algo de comer y me sorprendió, (más bien gratamente), encontrarla concienzudamente limpia.
-“¡Que limpio está esto!”, exclamé, “Has empleado bien la mañana”, le dije en mi segundo intento de acercamiento a mi parco interlocutor.
-“No he sido yo. Ha sido el nuevo”. Me respondió serio, refiriéndose al perito.
Al mirarlo, bien porque yo comenzaba a dar muestras de no entender, bien porque él no podía contener por más tiempo su desazón, me explicó escuetamente que pasaba:
-“Me ha fregao el cacillo”. Dijo abatido el bebedor de té. Y sus ojos brillaron inundados de una inmensa tristeza.
Al parecer, el nuevo inquilino, que no acababa de encajar, quiso agradar al personal dejando la cocina como una patena.
Se marchó pronto.

domingo, 10 de septiembre de 2006

RADIOLIVO

Hablar de Radiolivo es hacerlo del esplendor cultural que vivimos en el pueblo en la segunda mitad de los años 80 y la primera de los 90. Una autentica revolución que algunos tuvimos la fortuna de contemplarla desde su mismo epicentro.
Muchos relatos podrían escribirse sobre esta época. Una época de plena ebullición creativa -y hormonal- en la que encontramos una actividad que disfrutábamos profundamente, que nos unía, que compartíamos con una mentalidad abierta y confiada con todo aquel que se asomaba a “la emisora”. Una época desenfadada rebosante de frescura, imaginación y rebeldía.

Sirva esta entrada, de momento, para dejar constancia de su existencia e invitaros a escuchar una grabación de poco menos de una hora rescatada de una casette casi por casualidad, -como se rescatan los restos de un naufragio-, que recoge un trocito de la emisión de radiolivo en la sobremesa de un viernes de la primavera de 1989.

Radiolivo, primavera de 1989.

miércoles, 6 de septiembre de 2006

SEPTIEMBRE

Hoy el atardecer me ha acompañado de vuelta a casa.
En cada ojeada al retrovisor, ahí estaba, recordándome con sus colores que estamos en septiembre, evocándome momentos felices al iluminar el apacible paseo de unos ciclistas por una pista de tierra ocre.
Que recuerde, siempre me ha gustado salir en bicicleta por los caminos adyacentes al pueblo. Aquel septiembre, salía a cualquier hora, ya fuera por el mero placer del ejercicio físico o simplemente para alejarme de mi descorazonadora casa.
- ¿Donde vas con la calor, Indurain? – bromeaba algún conocido viejo del barrio al verme pedalear a horas intempestivas.
Sin embargo, fue la misma época en la que descubrí que los atardeceres de septiembre, pueden ser particularmente hermosos.
Aun no habían empezado las clases y Ella permanecía en el pueblo.
Por aquel entonces ya entraba en su casa y aunque no era querido, se me toleraba, así que todas las tardes me dejaba caer por allí.
Llegaba con mi vetusta bicicleta como los novios antiguos para colarme en la actividad vespertina de aquella familia. Tras tomar café protocolariamente, cada uno se ocupaba de manera relajada de sus deberes, hasta que llegara la hora oportuna para poder salir a la calle.
Yo me limitaba a esperar, como un niño espera que le permitan descubrir cualquier otra cosa al margen de todo lo impuesto. Trataba de parecer ocupado leyendo cualquier pastoso libro de su padre, pintando algún dibujo que llamara su atención o simplemente, mirando sin ver cualquier insignificante novela de la televisión, bajo la áspera presencia de su madre. Ella estudiaba, siempre estudiaba.
Una tarde, cuando ya pasó la calor, cobró fuerza la idea de dar un paseo en bicicleta y aunque la suya no estaba en muy buenas condiciones, a ella parecía apetecerle lo bastante como para hacer frente al argumento desfavorable de su madre.
¡Que delicioso aquel paseo!
El sol caía mientras jugaba al escondite con algunas nubes. Cada vez que aparecía entre ellas nos regalaba una nueva paleta de colores formada por la degradación cromática del cielo, las caprichosas sombras de las nubes y los rayos que como flechas cruzaban aquella bóveda de parte a parte.
El cielo se perdía en el horizonte rojizo pero no tenias que elevar demasiado la mirada para contemplarlo majestuosamente azul entre la nubes en las que los propios tonos grises, jugaban, ayudados por una placentera brisa, con los amarillos, naranjas y violetas que les regalaba el sol. Incluso, si te fijabas bien, también aparecía el verde entre algunos tonos del amarillo y el azul.
Ella pedaleaba con la cabeza gacha en el arenoso camino, pendiente de no caer de su destartalada bicicleta mientras yo, entusiasmado, la invitaba a grito pelado a contemplar aquel caleidoscópico cielo.
- ¡Mira, chiqui, mira el cielo!... ¡Mira aquel naranja!, ¡Ese violeta!,… ¡¡El verde,… aquella nube es verde!!...
Ella miraba cautelosamente… y sonreía.
Y por un buen rato me perdí en aquel espectáculo. El de su sonrisa.

jueves, 31 de agosto de 2006

EL COLOR DEL MIEDO.

Regreso de Murcia. Nunca había estado allí hasta ahora.
Bueno, en realidad he parado en uno de tantos núcleos de población cercanos, y administrativamente dependientes, a la capital Murciana.
Lo primero que aprecias al llegar a un nuevo lugar es su luz, -en cualquier sitio existen mínimos matices-, esa luz definida por su orografía -siempre alterada por la actividad de sus habitantes-, por su clima, por el color de su vegetación, de sus edificios, de sus gentes.
Y es precisamente eso lo que llama la atención en este lugar, los numerosos y variados matices cromáticos de su población. Sudamericanos, centroeuropeos, árabes y africanos sobreviviendo en infinidad de situaciones mas o menos favorables, coexistiendo con una, aparentemente, reducida población local no siempre de manera cordial.
En estos días he tenido la oportunidad de contemplar a alguien sintiendo verdadero miedo un miedo profundo, enraizado en la misma existencia del que lo padece.
Un vespertino paseo nos llevó hasta el “opencor”, un negocio con artículos de “primera necesidad” y no tan de primera, atendido por anodinos empleados, -curiosamente ninguno foráneo-, trabajando por turnos, “24 horas al día, 365 días al año”, como reza su eslogan. Obviamente pensado para hacer dinero a deshoras.
Esa noche atendían el local tres empleados: Una chica de marchito peinado encargada de la “panadería”, con el despiste propio del que piensa más en lo que hará que en lo que hace; un nervioso chico ajetreado en cobrar los dispares artículos que pasaban por la caja y un musculoso y pueril vigilante de ojo avizor jugando a ser eficiente que importunaba nuestro inocente curioseo en aquella exposición de inapetecibles libros y caprichosas bebidas.
Mientras tres chicos, quizá polacos, coincidían con nosotros en el puesto del pan, algún grupito de muchachos de acento árabe y sudamericano, pululaban entre los estantes.
Ya en la cola para pagar, fuimos testigos de la escena que nos ofreció el escrupuloso vigilante que inesperadamente y sin ningún miramiento, preguntó a su compañero de caja si recordaba cuantos CDs había en un rincón de la tienda.
-Cinco -contestó apáticamente el cajero-.
Parecía esperar esa respuesta para poner en marcha un deliberado plan que habría de recuperar el artículo que al parecer había sido sustraído por no-se-sabía-quién, un plan quizá urdido en décimas de segundo por su cuadrada cabeza: Ordenando al atareado cajero que no dejara salir del local a un sorprendido chico que con acento árabe preguntaba porqué, el indiscreto guardián emprendió la persecución de otros chicos que, momentos antes, habían salido de la tienda, haciéndonos participes a todos los presentes de que alguien había cometido un delito en sus dominios pero que tenía controlada la situación.
El vigilante abandonó el lugar por una de las dos puertas existentes, con pose exhibicionista, sacando pecho, dando amplias zancadas aparentando no costarle esfuerzo. La orden que escupió a su atareado compañero no se cumplió, el chico árabe aprovechó la coyuntura para marcharse por la otra puerta. Acto seguido vuelve de nuevo a entrar en escena el vigilante con las manos vacías que enseguida es advertido por un comprometido cliente, totalmente cautivado por la trama de la película, de por donde había escapado el presunto malhechor. De nuevo contemplamos otra exhibición de carrera, esta vez hacia la puerta contraria.
Poco tiempo pasó para que volviera a entrar el petulante gorila, esta vez atenazando con su brazo esculpido a golpe de mancuerna el cuello de un joven sudamericano a cuya mano se aferraba un confundido niño de unos ocho años. Dos perfectos cabezas de turco.
-Pero, ¿porque me coge así?, señor,… Vamos a hablar, señor,… Por favor, suélteme, señor, hablemos,… no me voy a ir, señor,… ¿por que me coge así?,… -gemía el adolescente, mientras, el niño lloraba amargamente, apretando su brazo.
El pánico que sentía el desconcertado niño era tal, que le rezumaba por los ojos. Unos ojos saturados de miedo que miraban sin ver, sin saber donde dirigir su súplica, revelando su deseo de no querer estar allí. Temblaba abrazado a la mano de su compañero sin apartarse un milímetro de él, girando su cabeza a su alrededor, quizá para advertir por donde venía el creciente peligro que sentía.
Con el menosprecio del tosco gorila con la sola idea de capturar a algún miserable, dando enérgicamente la orden de llamar a la policía, -ésta si se cumplió-, los remolones clientes absortos en su curiosidad y la incertidumbre de su prisionero hermano a su alrededor, abandonamos el local.
Seguramente al policía no podría demostrar el robo y no encontraría prueba alguna de su relación con el chico árabe fugado, -tal vez otro inocente-, por lo que a lo mejor los dejaría marchar, pero a lo peor esa misma noche el miedo volvería a ese niño en forma de pesadilla, donde demonios blancos con uniforme le persiguieran incesantemente, donde millones de ojos le observaran en los laberínticos túneles de un supermercado mientras voces de irreconocible acento le exigen algo que él no entiende, donde una mano acusadora expulsara a sus seres queridos de la peor parte del paraíso hacia el propio infierno, mientras coloca a su espalda una gran losa de culpa.
O quizá no.

jueves, 24 de agosto de 2006

AMIGA ÍNTIMA.

Hoy he visto una abubilla, esa amiga que de vez en cuando viene a recordarme que todo está bien.
Resulta difícil explicar la sensación que me produce ver a este animal. No es cuestión de superstición, es más bien una herramienta creada de manera intuitiva para regresar al presente.
La abubilla me rescata de ese ominoso letargo en el que inevitablemente caigo cuando quedo atrapado en equivocaciones antiguas, proyectos inconclusos, dudas, deseos, temores o exigencias a mi mismo.
El caso es que cuando la veo, recobro la conciencia del momento en el que me encuentro. Me relajo, respiro, aprecio la armonía de todo lo que me rodea, contemplo la vida tal y como se me muestra.
Coincide que cada vez que veo una abubilla las ideas que me hacen continuar adelante adquieren fuerza y eso, me hace sentirme inmensamente bien.

domingo, 20 de agosto de 2006

ARDILLAS

La primera vez que oí algo sobre las costumbres de la Sierra de Segura, fue durante una de mis visitas de fin de semana a su casa en Huelva -uno de tantos- .
Aquel sábado, recibió la visita de algunos compañeros de la facultad para intercambiar apuntes y comentar lo despiadado o compasivo que eran uno u otro profesor. Entre esos amigos se encontraba una chica, de la que supe que era de una de las numerosísimas pequeñas aldeas de aquella sierra, que sin quererlo se convirtió en la improvisada protagonista de aquel encuentro.
Como se acercaba la hora, aceptaron gustosamente quedarse a comer y recibieron con entusiasmo la idea de hacer migas con el pan duro acumulado durante días. Lo bueno de hacer migas es precisamente compartir el esfuerzo de moverlas en la sartén mientras se toma un aperitivo, por lo que todos participamos de ese ritual charlando animadamente en la cocina.
Desde el primer momento se apreció la naturalidad de la aldeana que con sencillez nos sugirió añadir un tomate picado justo cuando los ajos están a punto de dorarse y antes de poner las migas de pan humedecidas. Ninguno de los presentes había oído nunca esa sugerencia pero nos pareció muy buena idea, asi que, dicho y hecho.
Las migas quedaron estupendas, jugosas y suculentas. Las disfrutamos según la tradición del “paso adelante-paso atrás”, esto es, acercarse al perol para coger una cucharada y a continuación retirarse para dar opción a los demás a hacer lo mismo, celebrando la idea del tomate a cada bocado.
El coloquio sobre las costumbres gastronómicas de cada uno de nuestros terruños se prolongó durante casi todo la comida. Allí conocimos los peculiares nombres de los platos típicos de cada pueblo o las variantes de una misma receta según la zona, pero sobre todo, supimos por la segureña que en su comarca había quien todavía comía ardillas.
Manifestó con toda naturalidad que ella las había comido, que en otro tiempo era algo común pero que hoy por hoy no era una práctica frecuente. Sorprendidos y curiosos la asediamos con toda clase de preguntas sobre como se cazaban, como se cocinaban o que sabor tenían, incluso alguien preguntó por el sentimiento que le producía comer ardillas, a lo que ella contestó de manera lacónica encogiéndose de hombros.

Esa noche, cuando ya todo estaba en silencio, se oyó su párvula y casi imperceptible voz todavía impresionada:
Se comen las ardillas!.

jueves, 17 de agosto de 2006

CUMPLO AÑOS

Hoy es mi cumpleaños y gracias a youtube tengo un regalo estupendo.
¡¡Que lo disfruteis tanto como yo!!.

martes, 15 de agosto de 2006

PICNIC URBANO

Cuando comenzamos a estudiar la carrera, todos los que coincidíamos por aquella época en la Escuela, adolecíamos de un considerable despiste pueblerino y una ingenuidad pasmosa, por muy mayor, lanzado o capitalino que uno fuera.
Era esa inexperiencia, la cualidad que nos empujaba a participar de cualquier propuesta con una arrebatadora naturalidad provinciana. Compartíamos nuestra ignorancia, curioseábamos en nuestros corazones, nos aventurábamos a todo lo nuevo y resolvíamos el devenir de los acontecimientos con una rica imaginación (y un pobre bolsillo).
En ese contexto nació la tradición del “Picnic urbano”, una diversión que practicábamos un grupo de cuatro “afínes” consistente en algo tan simple como abastecerse de algún refrigerio e irse a cualquiera de los rincones que la capital ofrecía, para disfrutar de nuestra compañía y la adquisición gastronómica de turno.
Cualquier sitio era bueno para nuestro peculiar esparcimiento, la escalinata de la escuela, algún desastrado banco del parque, el pretil de alguna recóndita placita,… incluso, algún transitado portal de cualquier comercio. Allí, además de compartir el refresco, coquetear con el tabaco o aprender a comerse el yogurt con la tapa, interpretábamos la vida, nos ilusionábamos con el futuro, abríamos nuestro corazón y abandonábamos formalismos para jugar a ser nosotros. Nos inventábamos la vida y por aquel entonces nos gustaba que se pareciera a un picnic.

Ahora, el panorama parece ser otro. Ya con años y sabiendo que la experiencia duele, la tendencia es huir de la ingenuidad. Desdeñamos nuestra natural condición provinciana, para acentuar el artificioso carácter urbanita del anonimato, la prudencia, la asepsia y la autosuficiencia. Temerosos de lo desconocido, nos refugiamos con indolencia en cualquier ñoña costumbre. Cegados por añejas decepciones, disgustos y prejuicios, nos mostramos desconcertados, -o incluso angustiados-, ante cualquier disyuntiva que se nos presenta. Atesoramos dogmáticamente lo aprendido y ocultamos nuestra ignorancia tras una máscara de sensatez y competencia.
En nuestro empeño por evitar el sufrimiento, nos esforzamos en construir límites y más límites: Nos refugiamos en la moderación, nos resignamos a las creencias heredadas, nos atamos a la conveniencia, recelamos del porvenir. Nos refugiamos tras un muro construido, -y reforzado a cada rato-, con el miedo, la soberbia, la intransigencia, el abatimiento,... Un muro levantado a costa de nuestra frescura, nuestra fuerza, nuestra imaginación y nuestra capacidad de juego.
Yo de momento hago graffiti en ese muro, así descubro de que lo he construido. Sé que lentamente se irá desmantelando con cada sonrisa que esboce, cada proyecto que me embarque, cada nueva experiencia que aparezca, cada verdad que conozca, cada escucha, cada lectura,…cada propuesta que haga para desmantelar nuestros muros.
¿Qué tal un picnic?… ¿Urbano?.

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Para el que sabe ver todo es transitorio