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miércoles, 30 de julio de 2008

INTIMIDAD (QUE ALGO QUEDA).

A veces ocurren incidentes que, aunque simples, pueden llegar a hacer que nuestro preciado sistema de valores se tambalee. Bretes que suponen auténticos seísmos morales y en cuya sacudida podemos, bien salir reforzados en la vanagloria de nuestras más veneradas inclinaciones y creencias, o simplemente, ver como acaba por derrumbarse alguno de esos tan estimables valores que atesoramos. Pero en fin, no creo que deba meterme en filosofías para contar lo que quiero contar y que -para quitarle un poco de hierro-, podríamos titular: “De cómo el orate Basilio derrumbóme la vergüenza de mis adentros y ayudóme a abandonar el ridículo recato a que mi pudibundo desnudo pudiera ser contemplado”, o algo así.
Basilio era uno de los mayores de la residencia. Estaba considerado por los demás como un chiflado impredecible con el que no se podía contar ni para hacer bulto. Todos los chicos, sin excepción, le guardaban el aire argumentando que no sabía jugar, que nunca respetaba las reglas y que gastaba bromas -pero que muy- pesadas. Había quién -incluso de los adultos-, cortaba por lo sano afirmando que “quemaba mal la gasolina”. Siempre andaba metido en grescas, quejándose de lo que hacían o no los demás y tratando de poner a prueba nuestra paciencia y cordura, a fuerza de transgredir las normas lógicas y naturales de la mera convivencia. No llegaba a comprender que ser el “más fuerte” no implica tener que ir dando pescozones a diestro y siniestro y que una broma no tiene que entrañar abrir una brecha de sangre a nadie y mucho menos, ninguna mutilación, por divertido que a él le pareciera.
Pero a pesar de todo, Basilio no dejaba de ser un niño, grande pero niño. Quería agradar y constantemente buscaba nuestra complicidad pidiendo que se le asignara alguna tarea -siempre distinta a la que le correspondiera en ese momento-. La verdad es que te buscaba cuando se aburría de incordiar al prójimo, pero el caso es que trataba de sentirse útil, por eso insistía -hasta el hartazgo- en ayudarte en lo que estuvieras haciendo. Una de las tareas que mas le gustaba -de las pocas que se le podía encomendar-, era la de velar por el orden en la casa. Le gustaba vigilar a los demás y era bueno en eso, el miedo que despertaba en sus iguales, conseguía un comportamiento más comedido en el grupo. Aunque el problema venía cuando trataba de aplicar su peculiar concepto de la justicia, entonces era capaz de liar tal pelotera que necesitabas días para aplacarla. Solo tenía que recordar una simple norma: “Ante cualquier incidente, avisar a un adulto”,… pues ni por esas, según él “es que” se le olvidaba.
Una tarde en la que los niños dejaban pasar la siesta arrellanados por el salón, entreteniéndose durante la cesantía de sus obligaciones, me adelanté a Basilio y le pedí que “echara un ojito a la peña” mientras yo atendía “otras obligaciones”. Advirtiéndole que no tenía que hacer absolutamente nada, -solo avisarme si había algún problema-, dejé, -henchido de satisfacción-, a aquel atolondrado mancebo como delegado del grupo y confiando en la tranquilidad que reinaba en aquella estancia en el momento de abandonarla, marché a atender a lo mío, que no era otra cosa que una visita medianamente urgente al W.C.
Como en aquella casa no existían cerrojos, -como tenerlos con semejante fauna-, había que planificar de antemano el tiempo para dedicarse a los momentos más íntimos. Esos momentos tan necesarios -además-, para poder distanciarte de los nenes que siempre “tenían algo” y relajarte un poco mientras leías o echabas un cigarrito. Aquella tarde parecía prometérselas tranquilas, por lo que procuré llevar a mi retiro algo de la lectura que mi premura me permitió encontrar, con un prorrogado Lucky entre sus páginas. Pero apenas cuando llevaba unos minutos disfrutando de mi reservada intimidad, la puerta, -que quedaba justo frente al largo pasillo del tercer piso de los tres que tenía la casa-, se abrió de par en par de manera estrepitosa. Era Basilio.
Allí me tenías, sentado en mi nacarado trono de loza, cigarrito a lo Humphrey Bogart, libro de matemáticas de 5º curso en mano, los pantalones en los tobillos, dueño y señor de cuanto abarcaba mi vista -que en principio se reducía a las borrosas letras que intentaba descifrar después de que me entrara humo en un ojo-. Sorprendido in fraganti. No dudo que, previo a percatarse de lo cómico de la situación, la estampa debió de descolocar al impetuoso invasor, pues antes de esgrimir una espontánea, aunque taimada sonrisa, esbozó una leve mueca que revelaba auténtico asombro -sorprendido quizá de ver a un educador en esos menesteres-.
Superado el susto -propio y extraño- y sin darme tiempo a decir “esta boca es mía” -y menos aún a cambiar de pose-, mi provisorio delegado se enfrascó en la exposición de lo que -según él-, había pasado -o estaba pasando-, en el plácido salón del que me había ausentado hacía escasamente diez minutos. Hablaba atropelladamente sobre su inocencia, repetía constantemente, -quizá como prueba de esa inocencia-, los insultos proferidos contra su persona y de cómo algunos libros habían acabado por el aire y porque se oía sollozar a uno de los más pequeños.
Yo permanecía sentado, con las manos estratégicamente dispuestas para no dejar ver ninguna parte pudenda, tratando de intercalar alguna frase del tipo “déjame-un- segundo-Basilio-que-ahora-hablamos” en el monólogo que mantenía mi frenético interlocutor, pero parecía no advertir lo grotesco de la situación. En esto, aparecieron al final del pasillo una comitiva de tres o cuatro niños, -para ofrecer su versión de los hechos, supongo-, que al contemplar la escena, huyeron escaleras abajo al grito de “¡Manolo está cagando!”. Basilio, entonces, tuvo la deferencia de cerrar la puerta para que “pudiera estar tranquilo”, pero… ¡la cerró tras de sí!. Haciendo caso omiso a mi petición de que saliera de allí, permaneció conmigo un buen rato, tenía cosas que contarme, decía. Me habló de lo que le gustaba y no le gustaba de la casa, de como veía a cada uno de los residentes -cosa que en un futuro, resultó muy útil para acertar en encomendarle tareas-, y hasta reveló la chica que le gustaba. Viendo que aquello no acabaría si yo no le ponía fin, decidí terminar con el asunto diciéndole con una naturalidad pasmosa, que podía elegir entre salir y esperarme fuera o prepararse para verme las pelotas. Por suerte eligió -entre risas- la primera opción... el caso es que desde aquella tarde, ya no fui el mismo.

martes, 22 de julio de 2008

DESPEDIRSE BIEN.

No es raro vernos en situaciones en las que se ponga a prueba nuestra capacidad para sanar esos “reveses” que la vida pone a nuestro paso; situaciones en las que sentimos el dolor de la pérdida o como poco, el vacío de la lejanía de cuanto queremos tener; situaciones que vivimos drásticamente por el cambio que suponen en el rumbo de nuestra existencia.
Precisamente, quizá el apego que sentimos a las cosas o a los demás, no sea otra cosa que el olvido de que todo -absolutamente todo- está sujeto al cambio, que nada es para siempre y que de un día para otro, no somos los mismos. Constantemente tenemos que aprender a vivir para poder seguir adelante -negarse a aprender es claudicar, renunciar a la vida-, por lo que resulta vital aceptar cualquier cambio que pueda acontecer en nuestra trayectoria vital, conociendo, aprendiendo y disfrutando de esa persona nueva que somos tras el cambio, en vez de resignarse a quedar inmóvil en el dolor que se siente tras una pérdida.
Se llama “duelo” al tiempo que una persona necesita para aceptar cualquier cambio en su vida que suponga prescindir de lo que quiere o desea. No es otra cosa que el tiempo que se necesita para encontrar la manera de “despedirse bien”. En el video que os dejo podemos ver como alguien intenta ayudar a sanar el dolor de una pérdida ajena con unos resultados -diría que- funestos. Y es que, como decía un amigo: “No es tan importante que alguna vez podamos caer como que, tras la caída, podamos levantarnos”.
video
Escena: "Sin Miedo a la vida" de Peter Weir. 1993.

viernes, 11 de julio de 2008

DEVANEO. Doce.

El sol ya ha completado su esfera. Al frescor de la calle recién regada,
se suma ahora el aroma del pan caliente. Tomo una buena bocanada para recrearme en la oportunidad que generosamente me ofrece la mañana,
de poder vivirla -siquiera- a pan y agua.

martes, 8 de julio de 2008

VENTANA SUR (XI).

Si la luz se desvanece, todo forma una misma silueta en la sombra.

miércoles, 2 de julio de 2008

HASTÍO DE ESTÍO.

Iba a subir otra cosa, -una historia sobre como súbitamente perdí el pudor, justo el año que empecé a trabajar con los nenes-, pero el ordenador, que está como para mandarlo a... componer -casi escribo “hacer puñetas”-, me ha hecho perder todo lo que llevaba escrito. En fin,... que mejor que unos "minutos musicales" para calmar los ánimos.
Ya comenté aquí que en aquellos tiempos de despiadada canícula, combatía el aburrimiento jugando con mis indios de plástico y escuchando los vespertinos consultorios sentimentales y radionovelas que escupía nuestro viejo magnetofón. Gracias a eso, cuando el rigor estival aprieta, resuena en mi mente una sintonía que quedó grabada durante aquella época en la que disfrutaba del estar incondicional de mi madre, y en la que reconozco una señal inequívoca de que, al menos durante algún tiempo, disfruté de una infancia verdaderamente agradable. Me refiero a "Indian summer", que no es más que la versión anglófona del término que utilizamos para referirnos a esos días en los que el "verano-verano" da sus últimos coletazos, lo que aquí llamamos “El veranillo del membrillo” o el también llamado -según que latitud-, veranillo de San Martín, Miguel,… o Juan -si te mueves en el hemisferio Sur-.

Chet Baker (tp), Glauco Masetti (as), Gianni Basso (ts), Fausto Papetti (bs),
Mario Pezzotta (tb), Renato Sellani (p), Franco Cerri (b), Gene Victory (d). (1959).
Os dejo ésta versión de Chet Baker y un video donde podeis escuchar la interpretación que hace la Orquesta de Glenn Miller con su letra. Espero que esta pieza os evoque alguno de vuestros más felices momentos.

Summer, you old Indian Summer
Verano, viejo veranillo del membrillo
Youre the tear that comes
eres el jirón que llega
after June times laughter
tras los momentos felices de junio.
You see so many dreams that dont come true,
Ves tantos sueños que no se hacen realidad,
dreams we fashioned when summertime was new.
sueños que creamos cuando el verano comenzaba.

You are here to watch over
Estás aquí para cuidar
Some heart that is broken
a algún corazón que está roto
By a word that somebody left unspoken.
por una palabra que alguien no pronunció.
Youre the ghost of a romance in June,
Eres el fantasma de un romance de junio,
Going astray, fading too soon...
perdiéndose, desveneciéndose demasiado pronto…
Thats why I say:
tanto como decir:
"Farewell to you, Indian Summer!"
“¡Ve con dios, veranillo del membrillo!”

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Para el que sabe ver todo es transitorio