________________________________________________
________________________________________________

miércoles, 31 de enero de 2007

IMAGINACIÓN AL PODER.

VAINICA DOBLE – Alas de algodón. (1980).
Antes de que el actual mundo multimedia mermara nuestra capacidad de ensoñación saturando nuestras mentes de ingente información adulterada, la imaginación era el refugio más válido para darse un respiro ante las exigencias y sinsabores que venían del exterior.
A mediados de los ochenta, me encontré con esta canción en una cassette prestada, propiedad del hermano mayor de un amigo, con una cara B escuetamente etiquetada como “Vainica doble”. Movido por la curiosidad, ese atributo que permite dar una oportunidad a lo nuevo, la coloqué en el antiguo magnetofón de la casa sin saber lo que iba a escuchar.
Recuerdo la tarde en la que estas dos mujeres me pasearon -con divertida compenetración- por el universo de sus canciones, atravesando fabulosos mundos repletos de matices. En ese viaje a través de lugares sorprendentemente cotidianos, se sucedían infinidad de objetos y personajes de caprichosa existencia, pero lo más extraordinario era que aquellas voces tenían la extraña habilidad de evocarme todas esas agradables emociones de la infancia que con el tiempo, acaban diluyéndose hasta quedar traspapeladas en algún cajón de la memoria.
Cada canción de las “vainica”, es una instantánea de una lúcida cotidianidad, plagada de elegancia, familiaridad, ternura,… y una mordaz ingenuidad que esconde su valoración sobre aquella época que les tocó vivir.
De las canciones de “El eslabón perdido”, que aquella tarde pregonaba el viejo "sanllo" recuerdo especialmente ésta cuyo inesperado final pulverizó la animada sonrisa que momentos antes había dibujado en mi boca, convirtiéndola en una tonta mueca de asombro. La acompaño con un trocito de video donde Elena Santonja habla sobre sus preferencias respecto a la discografía del dúo de su hermana Carmen junto a Gloria Van Aerssen.

Astro rutilante de la gran pantalla,
fascinante y cínico play-boy de playa,
campeón olímpico con diez medallas,
hábil político donde los haya,
magnífico varón,
vencedor mítico de mil batallas:
así era Juan en su imaginación
que le hacía olvidar su condición
para escapar y despegar de su rincón
y despegar de su rincón
para poder volar, volar, volar,
triunfar, brillar.

Lóbrego rincón de una portería
donde no entra el sol y nunca es de día
triste habitación húmeda y sombría
sin ventilación
un brasero de picón en la camilla
por toda calefacción
así vivía Juan con su imaginación,
que le hacía olvidar su condición
para escapar y despegar de su rincón
y despegar de su rincón
para poder volar, volar, volar,
para olvidar.

Lóbrego rincón de una portería
coros sollozantes de necias vecinas
uniéndose al son de un carraspeante transistor
simplemente María
Poderosa fantasía la de Juan,
que, aún así, podía escuchar el mar
en un caracol pintado en purpurina
y volar tras la procesión de golondrinas
pegadas a la pared verde veronés
bajo la mirada divina de un sagrado corazón
bajo la mirada doliente
de las ánimas del purgatorio,
bajo la mirada anodina de
sus padres en el desposorio
él, sentado, ceño fruncido,
ella, de pie, tras su marido,
dueño y señor,
contemplándose a si mismo
disfrazado de angelito
alas de algodón
el día de su primera comunión
cuando aún creía que sería,
como el Barón Rojo,
un héroe de la aviación,
antes de tirarse por el balcón y quedarse cojo...
volar, volar, volar.
video

viernes, 26 de enero de 2007

RECOMENDACIONES.

Los medios de comunicación nos alertan para que extrememos la prudencia en la carretera y nuestra subjetividad -la propia y la ajena-, convierte esta advertencia en un miedo inconsciente a sufrir algún accidente, cosa que puede afectar directamente en la toma de nuestras decisiones.
Condicionado por los mass media que muestran machaconamente el “tiempo infernal” que está haciendo y lo mal que están las carreteras, he decidido quedarme en casa. Hoy no haré los más de cien kilómetros -de ida y vuelta- que diariamente recorro hasta el lugar de trabajo aceptando las recomendaciones que recibo por doquier. Así tengo tiempo, entre otras cosas, de haceros participes de algo que leí anoche y que viene como anillo al dedo al hilo de todo esto. Se trata de un párrafo de “Anatomía del miedo. Un tratado sobre la valentía.” de José A. Marina. (Anagrama. 2006), que aquí os recomiendo -apartándome quizá de la linea que llevo en este blog-:
…El miedo funciona pues, como los vasos comunicantes. Un vaso es el sistema de evaluación del sujeto; el otro el peligro real. El desencadenante entra por uno u otro, pero al final la situación se equilibra. El nivel de miedo determina el nivel de peligro, y al revés. Hay peligros inequívocos que despiertan un miedo objetivamente justificado: un enemigo -y además borracho y enfurecido- apuntándote con una pistola, un terremoto, el resultado de un análisis medico. Otras veces es el trastorno fóbico de un sujeto lo que convierte el simple hecho de atravesar una plaza en un peligro insoportable. Entre ambos extremos de objetividad pura y subjetividad pura, se da una mezcla graduada de ambos factores que determina la peculiaridad de los miedos individuales. En esto, como en tantas otras cosas, somos seres incoherentes. Podemos ser objetivos al evaluar los problemas de la salud y absurdamente subjetivos al evaluar una mirada ajena. Para comprender esta amplia variedad de cócteles emocionales, tendremos que atender a los factores -objetivo y subjetivo-, y al intentar educarlos o controlarlos, lo mismo.
Por cierto, la pintura del polaco Jacek Yerka que ilustra esta entrada es también más que recomendable.

Imagen: "Zima" de Jacek Yerka. (acrílico sobre tela) .

jueves, 25 de enero de 2007

VENTANA SUR (II).

Nieva en Úbeda. Camino intermedio entre...
... las tardes soleadas de antaño...
...y los rojos amaneceres que vendrán.

martes, 23 de enero de 2007

CONDUCTA MARGINAL.

Después de participar en un campamento de verano con parte de los niños acogidos en los Centros que la Diputación tenía repartidos por la provincia, mi futuro laboral era incierto. Terminó mi contrato y no tenía muy claro si volvería a firmar otro. Decidí entonces montar mi “cuartel general” en la capital con el firme propósito de acabar la carrera que ya parecía dilatarse en demasía. Acababa de matricularme de unas cuantas de las asignaturas que me quedaban cuando recibí un telegrama para incorporarme a un Centro de una ciudad distinta. Allí conocí al protagonista de esta historia que aquí llamaremos Daniel.
Cuando me presentaron a los niños de la casa, casi todos se mostraron entusiasmados por conocer al nuevo educador. Los había que no podían esperar la presentación del director y querían ser los primeros en saludar, susurrándome un cariñoso “hola” desde la silla que ocupaban en el comedor donde se hizo la recepción, otros esgrimían una gran sonrisa de bienvenida y los mas pequeños vivían el acontecimiento mirándome con los ojos muy abiertos. De entre ellos destacaba un chico de unos trece o catorce años, de tez morena y melena recogida en una coleta que permanecía inmutable, entretenido en mirarse las arrugas de sus manos. Era Daniel.
El curso había comenzado sin contar con todo el personal, uno de los becarios aún no había sido contratado y parecía que el asunto iba a tardar en resolverse. El director, -conociendo de trabajos anteriores mi buena disposición para conceder favores-, me preguntó si me importaba quedarme por las noches durante algún tiempo mientras llegaba el becario, además de cumplir el vespertino horario fijado en mi contrato. Consentí no solo por otorgar el favor a aquel pretencioso hombrecillo, sino porque, en mi todavía inexperiencia, pensaba que una petición del director era poco menos que una orden. Para hacer creíble mi simulada conformidad, -no dejaba de pensar en que aquella situación me apartaría del compromiso adquirido con las asignaturas de las que acababa de matricularme-, le argumenté que la experiencia me serviría para conocer a los nenes y el funcionamiento de aquella Residencia. Cosa que por otro lado era cierta.
Una semana bastó para advertir a flor de tierra el carácter de casi todos los niños. Todos menos el inaccesible Daniel. Mientras los demás niños manifestaban todo lo que eran con sus risas, quejas y gritos, él se mostraba imperturbable ante todo lo que ocurría en aquella casa. Evitaba los lugares donde estábamos los educadores y era parco en sus contestaciones. Jugaba poco, prefería charlar con sus más allegados y ponía mucho celo en no verse implicado en ningún conflicto. Lo que no le gustaba o no le convencía lo evitaba discretamente y cuando no podía escaquearse, cumplía con los mínimos exigidos con tal de no crearse problemas. Aún así, era manifiesto su liderazgo de un grupito de niños infinitamente más ingenuos e inconscientes, que se encargaban de materializar las trastadas que él ideaba.
Ojeando su expediente en la tranquilidad de la noche, supe como la vida azarosa de sus padres fue determinante para que acabara viviendo con sus abuelos maternos. Éstos tenían una tienducha, -de dudosa reputación-, donde almacenaban y vendían libros -y al parecer “algo más”-. Era la nave nodriza del tenderete con el que el abuelo recorría los pueblos de la provincia, -y mas allá-, para vender el género. Mientras, la abuela atendía el “negocio” entre una marabunta de libros. Daniel vivió sus primeros años de aquí para allá, sufriendo la indolencia de unos padres enfermos que acabaron en el trullo paradójicamente por atentar contra la salud de los demás. Criado por sus transgresores abuelos, acompañaba al viejo en sus andanzas relacionándose con todos los “inapropiados” personajes que desfilaban por la tienda o el tenderete. Hasta que la administración consideró que esa no era vida para él y lo internó en el Centro.
Desde el principio, todas las mañanas me encargaba de despertar ritualmente a la tropa colocándoles el “Closing time” de Tom Waits en el sobado radiocasete de la casa. Mientras sonaba aquel sosegado disco, los niños se desperezaban y protocolariamente iban cumpliendo el horario marcado, aseándose, vistiéndose y ordenando sus habitaciones antes de bajar al comedor para desayunar. Imaginaos mi sorpresa cuando después de un par de semanas intentando mantener alguna conversación con aquel muchacho sin éxito, éste eligiera para sentarse la mesa donde tomaba mi café matutino, adelantándose a alguno de los niños que solían acompañarme. Y más aún que se interesara por “el tipo” que cantaba al despertarlos.
- ¿Como se escribe?, -preguntó cuando le dije de quien se trataba-.
- T-O-M-W-A-I-T-S, -deletreé-.
- Está bien, -resolvió haciendome ver que le gustaba-.
En lo sucesivo, a medida que me fue dejando acercarme a él, pude ir apreciando su gran sensibilidad y el inmenso mundo interior que albergaba. Dueño de una inteligencia y mundología impresionantes, no dejaba de asombrarme durante el tiempo que dedicábamos al estudio por las tardes, con un sin fin de relatos sobre sus experiencias y teorías sobre el mundo. Las circunstancias le habían hecho ser un chico leído. Mientras los demás niños apenas llegaban a sonarles “Alicia” o “El Principito” y alguna poesía de J. R. Ramón Jiménez o F. García Lorca, Daniel estaba al tanto de la mitología, conocía las “Greguerías” de R. G. de la Serna y los heterónimos de F. Pessoa, estaba familiarizado con la obra de Maquiavelo y Dante,… eran numerosísimas las referencias que hacía a todos los libros que había hojeado mientras seguía a su abuelo con el que, entre otras cosas, también se inició en el mundo de la lectura. Si académicamente era un desastre, simplemente era porque no toleraba que nadie le dijera lo que tenia que hacer, cosa que le ocasionó más de un conflicto dentro y fuera de la casa. Pero, por encima de todo, había una cosa que no gustaba de Daniel -sobre todo a nuestro poco imaginativo director-: fumaba, -y no solo tabaco-. Si a eso unimos su depurada habilidad para manipular a los demás, eran razones mas que suficientes para considerarlo “problemático y una mala influencia para los demás”.
Cuando en el curso siguiente me trasladaron a otro centro, en otra ciudad, me llegaron noticias de Daniel. Me sorprendió saber que también él había sido trasladado por sus “conductas marginales” a un Centro de menores para su reforma (sic). Supongo que en la consideración de esas conductas no entraba la de la lectura.

sábado, 20 de enero de 2007

INICIARSE.

En nuestro primer año de instituto nos escaqueábamos de la clase de gimnasia para coquetear con el tabaco en un descampado aledaño al instituto. Entre furtivas caladas a un cigarro compartido, analizábamos el mundo resumiéndolo en lo que nos gustaba y lo que no nos gustaba. Comentábamos quién había comenzado a afeitarse, silenciábamos el nombre de la chica por la que nos desvivíamos y advertíamos que las normas existían para trasgredirlas.

video
Hoy me viene a la memoria una cuña radiofónica que oí hace ya algunos años en rne3.
Iniciarse. Ponerse imperdibles en el corazón.
Iniciarse. Ponerse imperdibles.
Iniciarse. Ponerse.
Secuencia de "Los Cuatrocientos Golpes" de François Truffaut. 1959.

martes, 16 de enero de 2007

AGENTES. (1999).

Si la voluntad fuera tierra,
podría guardarse en un tarro
identificada por su nombre.
O el miedo polvo,
soplaríamos, -aun sin aliento-,
hasta hacerlo desaparecer.
Voluntad y miedo,
agentes absolutos
que según su intensidad,
crean catástrofes u otorgan vida.

domingo, 14 de enero de 2007

TENER PRESENTE.

El jueves pasado mi compañera, la trabajadora social de uno de los pueblecitos donde trabajo, -“la tita Ché” para los más cercanos-, me invitó a acompañarla a casa de Melchor, un hombre mayor al que tenia que visitar para darle noticias, entre otras cosas, sobre la situación de su solicitud para percibir la ayuda que el gobierno autonómico concede a excombatientes de la guerra civil.
- “¿Me acompañas a ver a Melchor?,… Tiene boina como tú”.
Tan simpático argumento me convenció.
Cuando llamamos a la casa, nos recibió una dulcísima chica boliviana encargada del cuidado del anciano. Al preguntar por él, nos invitó a pasar a un cuartito de la planta baja de la vivienda. Traspasando su angosta puerta, descubrimos como la habitación donde hacia vida el abuelo, había sido habilitada conforme a su situación: se había instalado una cama para evitarle subir a la planta de arriba. Aun no habiendo demasiados muebles, -la cama, mueble-bar, sofá, mesa-camilla y una silla-, estos saturaban considerablemente el espacio, aunque esto, precisamente daba gran calidez a aquella estancia, lo que se agradecía, viniendo del frío de la calle.
Educadamente el anciano nos recibió de pie y nos pidió que nos sentáramos en el sofá mientras el volvía a ocupar la silla donde estaba sentado. Se veía un hombre delgado desde siempre, más bien alto. Se movía con la serenidad que da la ancianidad y, efectivamente, estaba tocado con una boina que se había colocado de una forma muy sui géneris, de tal manera que parecía más un bonete de obispo que una boina, lo que le daba un aspecto cómico pero respetable.
Supimos que no se encontraba bien, la noche anterior apenas había dormido debido a un cólico que le obligaba continuamente a salir de la cama para ir al cuarto de baño.
- “A lo mejor sirve para pagar el entierro”, comenta irónicamente ante la tardanza de la ayuda. Su queja propició que la conversación se encaminara a sus vivencias en la guerra.
Nos hizo saber las penurias que había pasado en el frente del Ebro, (“…como los de intendencia no podían pasar hasta nuestro puesto, no teníamos de nada,… y cuando pasaban algún “listo” trapicheaba con lo que se recibía, así que lo de comer era un lujo,…”), que había estado refugiado en Francia, (“…no como preso, sino como refugiado,... el gobierno republicano pagaba al francés X francos por tenernos allí.”), y que más tarde vivió en sus carnes la infamia de la derrota, trabajando como prisionero por Aragón, (“…en Teruel la gente se moría frió,… trabajábamos arrancando piedra en un tajo muy hondo y cuando alguien caía, siempre te quedaba la duda de si se había caído o se había tirado,…”). Así, nos contó la historia de un camarada del pueblo vecino de carácter rebelde que se resistía a adaptarse a aquel infierno.
“Había un muchacho de ahí del pueblo de al lado, muy bajito, (nos hace ver cuanto con su mano), que siempre estaba pensando en la comida,… ¡Que nervioso era, chiquillo!... Allí cuando te salías un poco fuera del plato, te cargaban un saco de piedras en la espalda y tenias que llevarlo hasta que te dijeran que podías quitártelo, pues bien,… este hombre, ¡siempre estaba con el saco en la espalda!. Como trabajamos en zona montañosa, cerca de las vías, a veces pasaban trenes cargados hasta los topes de remolacha o cualquier otra hortaliza, de modo que cuando pasaban a nuestra altura, lo hacían tan despacio que podías echar mano a algo para comer,… bueno, pues a éste, como siempre estaba hambreando, le daba igual el saco de piedras o cualquier otro castigo,… él solo pensaba en comer. Subía a los vagones y se volvía loco echando la carga del tren al suelo para que los compañeros pudiéramos comer. Lo pasó muy mal durante el tiempo que estuvimos allí y es que claro, había que “tener idea” para sobrevivir a aquello y algunos les podía el sufrimiento”.
Por más que Melchor hablaba y hablaba de aquella época, estábamos encantadísimos de escucharlo y tuvimos que hacer un gran esfuerzo para volver al trabajo. Cuando comenzaba a relatarnos la animadversión generalizada que se le tenía a uno de los mandos que los retenían, preguntándose donde lo trasladarían ya que cuando acabó todo aquello no se supo más de él, dejando tras de sí una terrible sed de venganza, tuvimos que excusamos lo más amablemente que pudimos para atender nuestras obligaciones.
A día de hoy, aún tengo presente la conversación mantenida ese día con Melchor. Vienen a mi mente los sucesos que nos describió, como escenas de una película donde el anciano es uno de los protagonistas.

miércoles, 10 de enero de 2007

CARA NUEVA

Ha entrado el año, obligando a renovarse.
El hecho de que mi ordenador se viera afectado por algún bicho malintencionado y que la plantilla del presente cuaderno quedara inservible, resultó un contratiempo que me hizo sentir ofuscado. Ahora el blog tiene este primoroso aspecto.
Esto me ha hecho recordar la historia de Hermann Hesse sobre un anciano labrador chino llamado Chunglang.
El año se inicia brindandome la oportunidad de comprobar que para salvar las dificultades solo se requiere un poquito de esfuerzo extra por nuestra parte.
En fin, para bien o para mal, aquí estamos de nuevo.

Foto: "Mona Lisa" de Leonardo da Vinci. (detalle). 1503. 97x53 cm. Museo del Louvre.

viernes, 5 de enero de 2007

VENTANA OESTE (III).

Una estrella en el cielo anuncia el regreso de los viajeros.

____________________________________________

Para el que sabe ver todo es transitorio