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lunes, 30 de julio de 2007

VENTANA SUR (VI).

Asomarse a la ventana y quedarse absorto con lo que sucede.

miércoles, 25 de julio de 2007

TENERLO CLARO.

A menudo decimos de una persona que “lo tiene claro”, pero que alguien esté convencido no significa que vea con claridad. Esa actitud de seguridad y firmeza con la que alguien afronta determinadas situaciones, puede estar evidenciando más bien, la dificultad que tenemos para aceptar cualquier mínimo cambio en nuestros sistemas de valores y creencias. Nos movemos seguros en el sucinto redil delimitado por esos sistemas, ajustando nuestro comportamiento a la idea que tenemos de cómo deben ser las cosas sin percatarnos de que a veces, incurrimos en la cerrazón y el inmovilismo, todo un caldo de cultivo para la infelicidad. Algo falla en esos sistemas de creencias si nos limita, si nos impide actuar con espontaneidad, si con demasiada frecuencia, nos impide dar una oportunidad a lo nuevo y en definitiva, si nuestra actitud induce a la infelicidad propia o ajena.
Creo que se puede ir a contracorriente, mantener cualquier hábito no del todo saludable o quedarte con una persona el resto de tu vida, cualquier cosa, siempre que no vaya en detrimento de la felicidad de nadie. La claridad participa de la apertura y el movimiento: Abrirse a la experiencia diaria con espontaneidad y moverse atento dentro de parámetros como la franqueza y el respeto.
En el cine de Adolfo Aristarain, encontramos personajes tremendamente lúcidos que construyen diálogos demoledores para cualquier modesto sistema de valores. En su película “Lugares comunes” -allí donde el entendimiento es posible-, podemos ver este interesante diálogo entre Fernando Robles (Federico Luppi) y Tutti Tudela (María Fiorentino) donde la claridad es deslumbrante. Por cierto, Tutti, un amor.
video

sábado, 21 de julio de 2007

POEMA EN CRUDO. (2002).


Para no estar contigo,
mejor estar sin tí.


Imagen:
Heart de Keith Haring.

martes, 17 de julio de 2007

PESCA DE LOCOS. (y II).

(Viene de...) Quedámos clandestinamente a las afueras del pueblo para encaminarnos al río Guadalquivir. Nuestro guía eligió para apostarnos el estrecho pretil que rodeaba el edificio principal del -por aquel entonces-, desusado balneario del pueblo. Se trataba de una angosta plataforma en la base del muro inclinado y corvo del edificio, rodeada en su mayor parte de agua, donde apenas te cabían los pies y que nos obligaba a pasar de uno en uno y hacer verdaderos equilibrios para no caer al río. Nosotros pasamos primero, él se quedó más cerca de la orilla -cortándonos el paso-, esgrimiendo el razonable pretexto de necesitar más espacio para montar las cañas. Después de mojarnos como rito iniciático e intentar clavarnos un anzuelo a la mínima de cambio, nos entregó la destartalada caña que habríamos de compartir mi colega y yo dándonos unas escuetas indicaciones de cómo se colocaba el cebo y como había de arrojarse el sedal.
Pasaba la mañana y ahí estábamos, incómodos en nuestra ajustada atalaya, al borde del río, a merced de nuestro psicópata anfitrión, sin miras de hacer captura alguna y con la creciente sospecha de que tarde o temprano ese extraño personaje emplearía sus peores malas artes para cobrarnos “sus servicios”. En más de una ocasión le pedimos que nos dejara pasar a la orilla para ir a orinar pero siempre nos decía que en ese momento no podía sacar el anzuelo del agua porque estaban apunto de picar y que lo hiciéramos en el río, cosa que al principio hasta nos parecería divertida. Pero la cosa perdió su gracia cuando no solo dejó de abastecernos de cebo para nuestra caña, sino que condicionó nuestra vuelta a casa hasta que no sacara algún pez del agua. Estábamos atrapados, inquietos porque se hacia tarde y con el miedo metido en el cuerpo por no saber cuando y como acabaría aquello. Fue allí donde comprendí que el sentido de las reprimendas de mi madre era evitarnos cosas como esas.
Nuestra impaciencia comenzaba a ser insoportable cuando la boya de nuestro tirano mentor se hundió con un sonoro “¡glup!”. Mientras él se afanaba en sacar el pez del agua, nosotros gritábamos de júbilo no ya por la captura, sino por entender que se acercaba la hora de marcharnos. Pero, claro está, no podíamos irnos de allí sin vivir, como dirían los flamencólogos, “el fin de fiesta”.
Una vez que el pez se cansó de luchar, entregó su vida a aquel desalmado sin oponer demasiada resistencia. Cuando andábamos maravillándonos con las hechuras de aquel animal todavía clavado en el anzuelo, no se le ocurrió otra cosa que balancear el pez en el sedal para tratar de asustarnos con su cercanía. Al ver que no lo conseguía, comenzó a columpiarlo cada vez más enérgicamente, ya no para asustarnos sino para golpearnos, mancharnos o vete a saber con que maliciosa intención, hasta que nos arrinconó al final del pretil. Ahí, entró en una espiral de perversa enajenación que alimentaría con nuestros gritos. Comenzó a bambolear el pez para estrellarlo una y otra vez contra la pared con el propósito de reventar al animal y que nos saltaran las trizas a las que estaba siendo reducido a cada golpe. Casi no recuerdo como escapamos de allí, el caso es que cuando terminó de destrozar al desdichado animal lo dejamos con todos los aparejos por recoger y amenazándonos en la distancia.
Por suerte mi madre nunca se enteró de mi aventura con aquel individuo y la tempestad que esperaba que desatara por llegar tarde, se quedó en una simple tormenta de verano.
Llegado el momento, mi hermano que había continuado con su afición pesquera, me invitaba muchas tardes de primavera a sus salidas al río donde me hizo participe del buen hacer de su técnica y me enseñó que aquella práctica no estaba reñida con el respeto a la vida del pez capturado. Sin duda, pescar con mi hermano fue otra historia.

PESCA DE LOCOS. (I).

Siendo todavía un chiquillo presenciaba como mi madre reprendía a mi hermano cada vez que lo pillaba en alguno de sus descarríos, desatinos o imprudencias y a veces, ni siquiera le hacia falta motivo alguno, cualquier mínima sospecha le bastaba para darle un reajustillo a su montaraz albedrío. A mí, por aquella época, me salvaba mi candor, pero no tenías que ser un lince para percatarte que conforme lo fueras perdiendo, tendrías que soportar de esa misma manera, el azote de aquellas apocalípticas tormentas que desataba mi madre cuando alguien de su prole sacaba los pies del plato.
Una de las costumbres de mi hermano que más la enervaba era la de irse al río. Ella siempre veía peligro en todo, incluso en lo más virtuoso, así que cada vez que se enteraba de que había ido a pescar, bien por algún enigmático chivatazo -casi siempre iba de farol-, bien por las evidencias en su ropa, le armaba una gresca de las de “agárrate-y-no-te-menés”. Es curioso como aunque siempre se dirigiera a mi hermano, hablaba en plural (“Como me entere de que vais al río...”, “Ni se os ocurra.....”), como si quisiera ahorrarse la filípica que en un futuro me pudiera corresponder por hacer lo mismo. Y claro está, basta ver donde está lo prohibido para saber a donde quieres ir.
Una vez que fui cumpliendo años, -perdiendo el candor, por tanto-, el número de reprimendas que me tocó vivir en primera persona fue creciendo a medida que crecía mi curiosidad por la pesca. Éstas siempre eran por cualquier cosa menos por haber ido a pillar peces ya que pescar es una de esas cosas que tienes que iniciarte con alguien y claro está, a mi hermano jamás se le hubiese ocurrido iniciarme en algo que no aprobara mi madre y a mí tampoco se me ocurría pedírselo, así que por desgracia mi primera experiencia pesquera ocurrió de la peor manera posible.
Un día de verano en el que con algún amiguete exploraba las huertas y calles más recónditas del pueblo conocí al hijo del sastre, un chico mayor que nosotros, aparentemente solitario y algo excéntrico (“es hijo único”, explicaba por lo bajini mi colega sin saber muy bien a que se refería), que venía del río equipado con un sinfín de arreos y acarreando en una bolsa de plástico una magnifica carpa de escamas plateadas. Era la primera vez que veía un pez así y fue en ese momento cuando mi curiosidad por saber como lo había sacado del agua alcanzó su punto álgido. Después de una empatización de lo más rudimentaria
donde no nos cupo duda de que nuestro nuevo amigo era un lunático de carácter extravagante y que tenía una caña de sobra, quedamos en acompañarlo al día siguiente en su tarea pesqueril. En qué mala hora. (Continúa en...)

sábado, 7 de julio de 2007

FINO Y DELICADO.

BILLIE HOLIDAY - Fine and Mellow (1957)

(...viene de) Llevo unos días pensando en colocar aquí esta pieza que la Holiday grabó en un programa de televisión dos años antes de morir. Aquí se puede ver a “Lady day” deleitarse, extasiarse y divertirse con las notas de sus diestros acompañantes (Ben Webster, Lester young, Coleman Hawkins, Vic Dickenson, Gerry mulligan, Roy Elbridge,...), mientras canta una de sus más personales composiciones. Apagad las luces y disfrutad.

My man don't love me
Mi hombre no me ama,
treats me oh so mean
me trata tan ingratamente.
My man he don't love me
Mi hombre no me ama,
treats me awfully
me trata terriblemente.
He's the, lowest man
Es el hombre más mezquino
that I've ever see.
que jamás he visto.

He wears high trimmed pan
Lleva largas rayas ajustadas
Stripes are really yellow
son verdaderamente amarillas.
He wears high trimmed pan
Lleva largas rayas ajustadas
Stripes are really yellow
son realmente amarillas
But when he starts in to love me
Pero cuando comienza a quererme
He's so fine and mellow
es tan fino y delicado.

Love will make you drink and gamble
El amor te hará beber y el juego
Make you stay out all night long repeat
quedarte fuera toda la noche.
Love will make you drink and gamble
El amor te hará beber y el juego
Make you stay out all night long repeat
quedarte fuera toda la noche.
Love will make you do things
El amor te hará hacer cosas
that you know is wrong
que sabes que están mal.

If you treat me right baby
Si me tratas bien, cariño
I'll stay home everyday
me quedaré en casa a diario,
if you treat me right baby
si me tratas bien, cariño
I'll stay home everyday
me quedaré en casa a diario.
But you're so mean to me baby
Pero eres tan egoista cariño
I know you're gonna drive me Hawai
que se que vas a hacer que me vaya.

Love is just like the faucet
El amor es como un grifo
It turns off and on
que se gira y se apaga
Love is just like the faucet
El amor es como un grifo
It turns off and on
que se gira y se apaga
Sometimes when you think it's on baby
A veces cuando piensas en abrirlo, cariño
It has turned off and gone
se ha apagado y se va.

NOCHES DE VERANO.

Debiendo su nombre a uno de los discos más importantes y considerados de la historia del jazz, se me antoja que existen pocas referencias en este cuaderno a la música de ese género. Me apetece ir poniendo remedio a esto -de a poquito-, mas que nada porque es este tipo de música la que me acompaña casi a diario y la que más ratos agradables me ha ofrecido.
Veranos atrás -todavía-, disfrutaba de las noches recogido en mi Sancto Sanctorum -léase el salón de mi casa-, acompañado exclusivamente de mi soledad y envuelto en atmósferas de sándalo y jazz. Dejándome llevar nota a nota por el vasto mar de matices que me ofrecía ésta música, abandonaba mis emociones en el oleaje de las sugerentes florituras de los más excepcionales solistas o en las idas y venidas de los compases de sus lujosas secciones rítmicas, hasta que se marchaban a la deriva. No pocas veces se me ha escapado alguna exclamación de júbilo ante la destreza del algún virtuoso o he dejado caer alguna lágrima mientras mi corazón surcaba a lomos de melodías cargadas de sentimiento. Eran noches de descubrimiento y estudio de un mundo repleto de estilos, nombres e instrumentos.
Cuantiosos músicos fueron los que acompañaron mis ratos en aquellas noches de estío. En muchas de ellas me hice acompañar de un sinfín de voces femeninas (desde Nina Simone, Abbey Lincoln, Sarah Vaughan o Ella Fitzgerald, hasta Cassandra Wilson, Patricia Barber o Madeleine Peyroux, pasando por infinidad de voceríos de todos los tiempos y latitudes), pero había una voz de textura seductora y tierna -al menos al principio de su carrera, al final se tornaría mas dura-, que hacía saltar todos los resortes de mis emociones, era la voz de Billie Holiday. Desde entonces siempre he pensado que las sosegadas noches de verano son de los mejores momentos para escucharla. (continúa en...)

lunes, 2 de julio de 2007

SIN PROBLEMA.

Acompaño durante este fin de semana a una amiga en sus quehaceres en Málaga para de paso pasear y conocer algo más la ciudad. En la mañana del sábado damos un estimulante paseo por el centro donde localizamos el museo Picasso, identificamos la iconografía de alguna iglesia y disfrutamos de los veladores de bares y tascas -alguna de esas en las que se cuelgan fotos de personajes famosos para certificar su visita al local-. Todo el rato charlando animadamente sobre el comportamiento humano y otros menesteres.
Llegada la hora, decidimos comer en un restaurante vegetariano. Ya sentados a la mesa, pasamos un ratito sumergidos en la exploración de un menú repleto de apetecibles sugerencias, hasta que por fin nos decidimos. En ese rato se acercan hasta tres camareros para tomarnos nota: dos chicas con cierto acento americano -del sur digo- y un chico aparentemente autóctono. Al final pedimos la comida a la chica más alta, la última en atendernos, después de indagar, eso sí, en los ingredientes de algunos platos. Nos decantamos por una tapita de callos veganos y endivias con hummus rojo para compartir, además de musaka vegetariana de berenjenas para mi omnívora amiga y un Rissoto para mí tras asegurarme de que no llevara huevo o ningún tipo de lácteo. También elegimos un vino.
La primera chica nos arrima las endibias y al llamarle la atención la leyenda de mi camiseta, intercambiamos algunas palabras. Poco después aparece el chico anunciando arroz con verduras. Le hago saber que en realidad era rissoto lo que pedí.
- No hay problema –comenta mientras se lo lleva-.
Al rato me trae él mismo el plato. Cuando tomo el primer bocado noto el sabor empalagoso de la leche. A una seña, viene la primera chica y le advierto de lo que ocurre:
- ¿Este plato lleva algo de queso o nata?
- Si, lleva parmesano. -señala complaciente-
- Oh,… me aseguré de que no llevará ningún lácteo -le aclaro-.
- Ah,… no se preocupe la chica no debió entender. No hay problema, se lo cambio.
- En ese caso el arroz con verduras que me trajisteis al principio estará bien.
- Muy bien,… ¿Es usted vegano?
- Si,… si.
La chica alta nos trae el resto de la comida disculpándose por el malentendido.
- No hay problema -digo haciendo hincapié en que no importa-.
Mientras disfrutamos de las viandas, no reparamos en que el vino no se nos sirvió probablemente porque la comanda había caído en el olvido de tanto ir y venir. En ese momento nos apeteció beber algo pero pensamos que ya no había lugar para el vino y decidimos tomar agua, así que volvimos a llamar. Acude la primera chica.
- ¿Todo bien?
- Si, solo que se os pasó el vino.
- Oh, ¿no lo trajeron?,… disculpen. ¿Se lo sirvo?
- Bueno,… Hemos pensado que será mejor tomar agua.
- No hay problema -dice-. Ahora mismo la traemos.
Aparece diligentemente la chica mas alta trayendo el agua y volviéndose a disculpar y de nuevo buscamos alguna palabra amable para transmitirle que realmente no hay ningún problema.
Disfrutamos de nuestra comida y así se lo hicimos saber a la chica alta cuando nos preguntó al traernos la cuenta, pero al mirar la suma nos percatamos de que no habian incluido el arroz así que de nuevo volvimos a llamar.
- Perdona se os ha pasado sumar el arroz.
- Oh,… ¡Todo mal! -expresa contrariada-.
- No te preocupes, no importa… No hay problema -digo sonriendo-.
Nos despedimos entre sonrisas porque realmente no hubo ningún problema, aunque llegué a pensar que podría resultar un problema que la continuidad de la chica en el trabajo dependiera de aquella tarde.

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Para el que sabe ver todo es transitorio